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Historia que merece ser contada

 

 

Una vida de exilio, desarraigo y esperanza

 

 

Entre 1875 y 1914 la Argentina recibió a más de cinco millones de personas, que representaron el 14 por ciento del total del movimiento migratorio mundial. En ese entonces, nuestro país llegó a ocupar el tercer y aún el segundo lugar entre aquellos que recibían inmigración. La provincia de Buenos Aires, y en especial el partido de Coronel Suárez, no fue la excepción, tal como todos sabemos. Pero la historia inmigratoria no acaba allí, sino que continúa durante la Segunda Guerra Mundial con la llegada de personas que huyen del horror de las matanzas. He aquí una historia de exilio, desarraigo y esperanza.

 

Joseph nació en algún lugar de Rusia que dice no recordar o que prefiere no recordar, y llegó a la Argentina en 1949, junto a sus tres hermanas. El motivo por el cual tuvieron que huir se debió a la guerra y el hambre. Atrás quedaba el recuerdo de sus padres quienes no tuvieron la posibilidad de elegir hacia que lugar emigrar, pues su padre murió durante la guerra y su madre falleció víctima del severo régimen comunista.

Como muchos inmigrantes que llegaban al "nuevo mundo", a Joseph le costó adaptarse. "Llegué cuando tenía 11 años –contó alguna vez en una grabación que conserva su familia, que actualmente reside en Bahía Blanca, y a la cual tuvo acceso Periódico Cultural Hilando recuerdos- y fui al colegio para aprender el idioma que al principio me costó mucho, y también para aprender la cultura de acá. Mientras tanto mis hermanas trabajaban de domésticas".

Cincuenta años han pasado desde aquel entonces y Joseph encuentra que su vida ha cambiado muchísimo. Además de tener una familia de la que alguna  vez se sintió orgulloso, ha hallado en la religión un espacio donde encontrarse con Dios y con los suyos. (Decimos que “de la que alguna vez se sintió orgulloso, porque actualmente Joseph está internado en un lugar especial, donde se trata a pacientes con problemas psiquiátricos. Los malos recuerdos de la guerra, el rememorar permanentemente la muerte de sus padres  fusilados frente a él por soldados rusos durante la guerra; y presenciar enorme matanzas, lo han llevado a la locura).

El caso de Joseph es uno de las tantas historias anónimas de inmigrantes que arribaron a la Argentina con la esperanza de encontrar no sólo trabajo sino también la tranquilidad de saber que podían caminar por las calles sin temor a que un balazo de un soldado delirante acabara con sus vidas. Pero que no soportó la soledad de un país extraño pese a haber comenzado de nuevo casándose, teniendo hijos, y que materialmente el destino le haya vuelto a sonreír.

Joseph, como muchos inmigrantes que llegaron a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial, pensó que no se quedaría para siempre. Pero el paso del tiempo hizo que se establecieran definitivamente por voluntad propia. Él, al igual que algunos más, decidieron quedarse porque formaron una familia y creyeron que les sería difícil adaptarse después de tantos años a un nuevo lugar, aunque sea su lugar de origen. Otros, porque prefirieron conservar en su memoria el recuerdo de un pueblo que no ha sido afectado ni por la guerra ni por el tiempo. Y el recuerdo de un hogar lleno de gente que probablemente hoy ya no está.

Muchos prefieren conservar esas imágenes que los acompañarán siempre. Porque a pesar del desarraigo que lo viven con cierta nostalgia, les queda la seguridad de que aunque el tiempo transcurre, pues es algo inevitable, habrá rasgos, canciones, poemas que jamás podrán ser olvidados. Así como también el orgullo que cada uno de ellos conserva al decir soy alemán, español, italiano…

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