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hilando recuerdos

Página 17

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Extraño las historias de la “Nona”

La abuela que pasa los inviernos

Por Félix J. Palma

Esa muchacha –que nació en Alemania, vivió unos años en las colonias y actualmente reside en la Capital Federal- tiene ahora noventa y cuatro años, y ya no pasa las tardes de primavera ni el resto de las tardes del mundo en ninguna plaza, sino sentada en una crujiente mecedora en el mismo cuarto en el que yo dilapidé mi adolescencia, resguardada del trajín del universo aunque a veces, las más, nos parezca arrumbada. En aquel feudo, con una mantita sobre las piernas, mi abuela aguarda no sabe qué. Frente a ella, un televisor dicharachero que ni ve ni oye, porque ha perdido la visión de un ojo y está casi sorda. Olorosa y dócil, descarrilada del tiempo, a la menor oportunidad, no duda en advertirnos con un algo de oráculo agorero: "De este invierno no paso".

Pero mi abuela colecciona inviernos con tesón de ardilla. Cuando voy a casa de mis padres, entro a verla y me dejo envolver por los brazos que me acunaron de niño, ahora pálidos y blandos, desprovistos de esa energía que fue quemando en nuestra educación.

Quizás esa vitalidad sea lo más preciado que le ha arrebatado el tiempo: con tan sólo treinta años menos, mi abuela hacía gala de esa energía inaudita que alimenta a las personas que no han sido instruidas para descansar. Se levantaba al alba, como si quisiera pintar ella misma el amanecer a mano, y no dejaba de bregar con nosotros hasta que acostaba a toda la camada. Fue esa la etapa más dulce de su vida de abeja laboriosa, de una existencia marcada por el sufrimiento, pues el futuro que aguardaba a la muchacha estaba jalonado de buena parte de las injusticias que hoy se denuncian.

A estas alturas de la vida, por tanto, con los deberes ya hechos, a mi abuela sólo le cabe sentarse a reponer fuerzas, a disfrutar del cariño de los suyos, de la satisfacción de saberse artífice en las sombras de sus logros, creadora de un universo familiar en constante expansión.

A veces, sin ganas de urdir a gritos una conversación dificultosa que no va a ningún lado, me limito a observarla en silencio, con mi mano en el estuche rugoso y tibio de las suyas. Y siento un amago de vértigo al ser consciente de que ella ha habitado un tiempo distinto al mío, de que ya existía cuando yo no era nada, tan sólo una remota posibilidad, una hipótesis que se concretó gracias a que mi madre decidió en el último momento acudir a la tienda de un amigo de su hermano, donde alguien le presentaría a mi padre.

Pero sobre todo echo de menos conversar con mi abuela, oírla contar sus historias. Me gustaría que el tiempo le devolviera algo de aquella vitalidad, al menos durante unos minutos, los necesarios para que pudiera volver a contarme cómo una tarde de primavera, en los años oscuros de la guerra, estuvo comiendo sobras sentada en un banco bajo de una ciudad alemana, en cuyo asiento alguien descubrió una granada que nunca llegó a estallar.

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