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Página 14

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La casa de mis abuelos

“¡Qué bien olía la casa de mis abuelos

cuando se horneaba pan casero!”

 

“La casa de mis abuelos, Juan y Rosa, fue mi primer hogar” –evoca a Periódico Cultural Hilando recuerdos Berta S., que prefiere guardar en el anonimato de su apellido-. “Por lo menos es el primer hogar que yo recuerdo. Nací en las colonias en 1945” –confiesa-. “Mis padres, como la mayoría de la gente de aquella época, se fueron para labrarse un porvenir y un futuro mejor, y me dejaron con mis abuelos, que más que abuelos fueron mis segundos padres” –sostiene con una sonrisa plena de felicidad-. “Y regresaron a buscarme cuando ya había cumplido diez. Fue el día más feliz y más triste de mi vida: el reencuentro con mis padres y la despedida de mis abuelos y las colonias para mudarme a la Capital Federal”.

 

“Mis abuelos vivían en una casa grande pero muy humilde que estaba sobre la calle ancha” –cuenta Berta S. sin precisar en cuál de las tres colonias. Son muchos los secretos que desea guardar-. “Sus paredes de ladrillo habían sido testigos de muchas vidas durante muchos años, más de un siglo quizás, hasta que alguien decidió reformarla por completo hace apenas unos años. Paredes fuertes que habían aguantado muchas inclemencias del tiempo y en la que yo me sentía segura con mi gente, con mi familia. Tras la gran puerta de madera, se encontraba la enorme cocina, con sus aromas a comidas tradicionales. Muy acogedora. Tenía el suelo de tierra prensada, con irregularidades, y las paredes pintadas de blanco con cal y ahumadas por el humo de la chimenea. Era el lugar de reunión de toda la familia y no éramos pocos: mis abuelos, mis tías, mis tíos, y por supuesto yo.

“Teníamos una cocina a leña y una alacena de madera, fabricada por mi abuelo. Arriba tenía dos puertas de cristal opaco y con marcos de madera y era donde se colocaban los platos, vasos, fuentes, aceite, vinagre, sobras de comida, se colgaban las llaves, se metían documentos más o menos importantes. En el medio, tenía un hueco a la vista, donde estaba la típica radio de la época tapada con su trapito hecho a medida. Después tenía una fila de cajones, creo recordar que eran cinco cajones: uno para los enseres más pequeños tipo cucharas, tenedores y cuchillos. Otro para los cucharones, espumaderas, piedra de afilar... Y el resto contenía cosas de poca utilidad pero que se iban guardando por si un día hacían falta. Y por último abajo, tenía dos puertas como arriba, pero de madera donde guardaban, sartenes y ollas con grasa para cocinar” –relata Berta S. cómodamente sentada en la redacción de Periódico Cultural Hilando recuerdos.

“Al lado derecho de la alacena estaba una gran ventana con postigos de madera que se cerraban cuando venía la noche. La ventana era de dos hojas y en cada hoja tenía cuatro cristales y recuerdo perfectamente que el de más arriba y al lado derecho estaba siempre roto, le faltaba un trozo. Supongo que sería una forma de ventilar. Hoy en día esa ventilación se hace a través de rejillas. Debajo de la ventana estaba el fregadero, un lujo increíble para una familia de aquellos años. Era de cemento, con un sólo grifo de agua fría (casi helada en invierno) y un agujero que llevaba el agua sucia hacia el pozo ciego. Debajo del grifo se colocaba una batea de losa por si goteaba, cosa que sucedía casi siempre. La última batea que tuvimos era blanca con flores azules. En ella íbamos echando los platos, vasos, tenedores, para lavarlos después de las comidas. A cada lado de la batea teníamos un espacio para ir escurriendo las cosas. Al lado izquierdo las cosas pequeñas: platos, vasos… y al lado derecho ollas y demás enseres. Debajo del fregadero estaba el balde donde se echaban los restos de las comidas: verduras y papas para los cerdos, huesos para el perro o el gato…

“Lo más grande que tenía la cocina era el banco de madera, mi sitio favorito. Un lugar donde mi abuelo se echaba todos los días una siesta y después otros bancos más pequeños que se utilizaban también para sentarse a la mesa a comer. Mi abuelo me había hecho uno especial para mí, pequeñito como yo”, -expresa en un susurro que se parece al llanto. Más aún cuando agrega que pudo volver a las colonias muy pocas veces. Primero el estudio, y luego el trabajo, no se lo permiteron. Y cuando pudo regresar habían pasado veinte años y los abuelos ya no estaban para recibirla.

“También estaba la pava inmensa sobre la cocina no menos inmensa donde se calentaba el agua para bañarse y asearse” –continúa contando a Periódico Cultural Hilando recuerdos-. “Nunca hubo otra manera de bañarse. Todos nos bañábamos por turnos y por días en una batea enorme al lado del fuego. Siempre me bañaba mi tía mientras mi abuela preparaba la cena. Después me metía en el regazo de mi abuelo y siempre me decía: "apreta, apreta, corazón de manteca".

“En la pared de enfrente estaba la boca del horno, donde se hacía el pan y las tortas alemanas. ¡Que bien olía la casa de mis abuelos cuando se horneaba pan casero!”

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