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hilando recuerdos

Afectos que el tiempo se guardó en el recuerdo

Afectos que el tiempo se guardó en el recuerdo

Doña Carmen, la modista

 

Hubo tantos personajes en mi pueblo. A todos ellos los recuerdo hoy con los mismos ojos con que los miré cuando era niño. El panadero, el carnicero, el almacenero, el verdulero, el zapatero y tantos, tantos más. Pero mi memoria rescata la gigantesca figura de mi pequeña madre. No sé. No me explico cómo hizo para criarnos. Con tantas carencias, no sé cómo se las arregló con un braserito, una plancha con manija colorada que cargaba con carboncitos, el jabón en barra y la tabla de lavar.

Siempre de luto, con sus manos tibias aquí y allá y nuestros delantales escolares tan blancos. Por las tardes era el eje central de aquel grupo de vecinas que transformaban la cocina en taller de costura. En un rato yo hacía mis deberes en una esquina de la mesa y oía palabras que nunca supe lo que querían decir: canesú, sisa, manga ranglan, y decían también una palabra larga, decían encandelillar. Como a las tres de la tarde oían telenovelas por la radio. A mi mamá le gustaban Tita Merello y Luis Sandrini y solía cantar un pedacito de Caminito, siempre el mismo pedacito. Una vez oí que susurraba: “No me dejes en el barro carretero, que me muero”.
Se acostaba después que todos. Pero aquellos accesos de asma no la dejaban dormir. Ella les decía ataques. Y tenía razón. Eran ataques. Para no despertarnos con su involuntaria y ruidosa fatiga, salía de la pieza y se sentaba en el corredor, pero igual se oía. De día el corredor de mi casa mostraba un parral hermoso con ramas formando dibujos y arabescos imposibles. De noche, esas noches, era un lóbrego espacio con gemidos lentos y agónicos. ¡Ay aquellas ansias desesperadas de aire! Tan simple, aire, solamente aire… Y desde nuestras camas oíamos aquel sacrificio por una bocanada. Yo tendría siete u ocho años y quería ser médico o curandero, mago o Dios.
Temprano, de muy niño, conocí la tristeza del dolor sordo, rabioso, impotente, el dolor pertinaz de no poder remediar nada. Lo peor era cuando soplaba el viento norte, despiadado y tibio. Le decían el viento de los locos. Sí, la gente se ponía nerviosa, inquieta, no sé. Entonces se podía predecir el salvaje ataque de asma. Violentos y desgarradores quejidos salían del pecho de mi madre. No había remedio. Sólo se le disminuían cuando aspiraba el humo del papel ahusado que ella quemaba por pedacitos y lo acercaba a su boca abierta y anhelante de aquel aire que sus bronquios cerrados no dejaban pasar.

El médico le recetó un medicamento. Fue inútil. Frasco tras frasco, inútil. Una vecina le dijo que para el asma no había nada mejor que la caparazón de tortuga hervida y puesta tres noches al sereno. Tomar ese agua siete días si y siete, no. La sugerencia se convirtió en una orden para mí. Después de la escuela y de comer algo, sin decir nada a mis amigos, caminaba a Coronel Suárez.

Me sentía tan triste en aquella soledad de siesta, acompañado por dos o tres famélicos perros que transitaban conmigo la polvorienta rita sin asfalto que iba derecho a la ciudad. En aquellas calles de Coronel Suárez encontraría una tortuga. Si era verde, mejor, habían dicho. Yo quería encontrar una bien grande, para que mi mamá se curara pronto. Ese remedio era infalible, decían, y cómo no creerles si yo veía con mis propios ojos como algunas de esas vecinas curaban un cuello torcido por un golpe de aire con carboncitos en una taza de agua, o el ojeo con gotitas de aceite en un plato o para que no vinieran las gitanas se confabulaban con risitas y ponían una escoba tras la puerta.
Al segundo día de búsqueda, no más, encontré una tortuguita verde. Verde. Increíblemente verde. Y grande, grande como mi mano. Qué alegría. Le miré los ojitos infinitamente tristes y con cortinitas que bajaban y subían. Qué tristeza. La compré y llegué a mi casa corriendo y convencido de no más fatigas, no más asfixias, no más dolores y quejidos, no más sufrimiento, mamá querida.

Mi madre tenía en su falda, como siempre, una prenda que cosía. Estaba con dos vecinas, una cosía también; la otra, de pie, cebaba mate. Entré y con aires de triunfo, coloqué la tortuguita, patas arriba, sobre una revista Para Ti.

No dije nada, me di vuelta y oí con el último y sonoro chupón al mate las palabras que flotaban en esos días amenazantes y contundentes: “Ahora tenés que matarla”. Fue un cascotazo en la nuca. Era la hora de la telenovela. Esa misma tarde, al caer el sol, ya estaba subiendo el brebaje al techo. Tres días seguidos hice lo mismo. Y comenzó la toma. Siete días sí, siete días no. Siete sí y siete no. Siete sí y siete no.
Fue inútil. Pasaban semanas enteras y parecía, parecía, que los ataques habían cesado. Pero no. Sin embargo, resistió con resignación esos y otros embates, aún sigo preguntándome cómo hizo para criarnos y amarnos más allá de sus fuerzas.
Y siguió cosiendo sisas y ruedos y escotes y un eterno luto en su batón. Y lavaba, planchaba, cocinaba, y hacía, hacía, hacía… Despaciosamente, mansamente. Mis hermanas, adolescentes ya, le ayudaban en todo.

Y no era el asma, ni el viento norte. Era otra cosa. Pero ya es tarde para remediar ni para explicar nada. Mi madre murió hace años.

Perdón que te maté, tortuguita. Pero yo amé tanto a Doña Carmen, la modista, mi amada madre.

 

(Basado en un relato de José Ali)

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