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hilando recuerdos

Entre telas y agujas

Entre telas y agujas

Las colchas de mamá

 

Colaboración especial

de Noelia Suppes

 

Toda mi vida prácticamente, he tenido un pedazo de tela entre mis manos, no sé por qué extraña razón, desde que era una niña se me dio por eso. Tal vez como una manera de entretenerme o por necesidad. Pensándolo bien, creo que por las dos razones.

 

Nací en el seno de una familia muy humilde. Pero esto no impedía que sintiera una atracción fascinante hacia lo bello, delicado y costoso.

Me entretenía y podía pasar horas y horas mirando las revistas de moda: miraba extasiada las modelos, luciendo esos lindos vestidos y me imaginaba confeccionando, transformando, quitándole una cosa y poniéndole otra. Permanecía encerrada en un cuarto desbaratando unos vestidos y armando otros.

Así transcurrió mi tiempo de la infancia. Sin cansarme nunca de ensayar una y otra vez, descosiendo y cosiendo a mano -porque en mi casa no había máquina de coser-, los vestidos de mamá, mis hermanas y míos. Así empecé, en lo que más adelante, se convirtió en mi trabajo, hasta el día en que una jornada de trabajo que ya no recuerdo en qué fecha fue, a mi madre se le ocurrió hacer colchas con relleno de lana de oveja, es decir, fabricar las clásicas colchas de los descendientes de alemanes del Volga, con los retazos de tela que sobraban en mi taller de confección de ropa.

Me encargaba que le guardara “las tiras”, como ella le llamaba a los pedazos pequeños de tela. Con ellos, después de recortarlos minuciosamente y unir unos con otros, cosiéndolos a mano, formaba una especie de sábana multicolor, compuesta de retazos de telas, de diferentes formas y tamaños, que luego rellanaba con lana de oveja.

Recuerdo que mamá empezó haciéndolas para la familia y luego por encargo, también para los vecinos y amigos, a quienes se las vendía a muy bajo precio. Así se fueron dando a publicidad “Las colchas de mamá”, entre todas las personas que la conocían.

Debo confesar que durante todos los años que vi a mi madre ir y venir, llevando “las tiras” con esmero, para hacer sus colchas, no le di mayor importancia a aquello; me preocupaba por guardárselas y hasta, a veces, se las llevaba a casa; pero nada más. Esa era una actividad que no me llamaba mucho la atención; cosa que lamento hoy día; pero en fin, nada puedo hacer al respecto, para que aquello cambie.

Por eso, decidí escribir estas líneas como homenaje a ella, a su memoria, para que siempre esté presente en mi recuerdo.

 

(Historia real elaborada a partir de un relato de María Rojas)

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