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hilando recuerdos

Recuerdos de infancia

Mis abuelos

Por Carlos A. Herrera Rozo

 

Mis abuelos, tanto por parte de mi madre como por parte de mi padre, tenían algo en común: el cariño y la devoción que sentían por sus nietos. En todo lo demás eran diferentes. Por parte de mi padre, mi abuelo Anselmo, era un hombre relativamente alto, de aproximadamente un metro ochenta, de anchas espaldas, manos toscas de hombre de campo, voz recia, ojos soñadores, de carácter fuerte y don de mando. Era un hombre hecho a las labores del campo como su padre, pero a diferencia de éste, siempre se preocupó porque sus hijos estudiaran para que, según él, fueran gentes de bien

 

No pocas veces en sus conversaciones traía a colación recuerdos de épocas lejanas. Y fueron muchas las ocasiones que en sus ratos de ocio tuvo, como aplicados oyentes, a sus nietos, a quienes jamás dio un consejo porque según él, no perdía el que aconsejaba sino el que se dejaba aconsejar.

Debo afirmar que, llevo grabados en mis genes, el gusto por las labores campestres, la libertad de sentirse al aire libre, el olor del humus de la tierra y el perfume agridulce de los frutos maduros o las plantas en flor, por ello, cuando recuerdo mis lugares de infancia me debato entre el mundo real y aquel otro presentido, imaginado y deseado que me conduce por el mundo de la fantasía, de lo irreal y de lo absurdo, el mundo de mis fantasmas interiores, mi mundo.

Siendo un chiquillo mi predisposición se orientaba, en gran medida por mi inquieto carácter, a perseguir las ranas, los grillos y cuanta pequeña alimaña quedara a mi alcance. El abuelo no me perdía de vista y me explicaba que clase de bichos eran aquellos y, si eran venenosos o no, inculcándome, a la vez, el respeto por ellos, porque, según decía, tenían que cumplir su misión sobre la tierra. Aprovechaba cualquier ocasión en que me encontraba dispuesto a escuchar, que eran pocas gracias a mi dispersión e inquietud, para contarme cuentos o para hablar de sus historias de su vida.

Su memoria era prodigiosa. Hecho que demostraría hasta la saciedad cuando, rondando la cincuentena, quedó ciego. Le disgustaba que le ofrecieran la mano en señal de ayuda para llevarlo a cualquier sitio. Se desplazaba con un bastón por toda la estancia, conocía todos los recovecos de los caminos, los pasos de la acequia, los broches en los cierres de los potreros, la disposición del mobiliario de la casa y nos sorprendía dándonos el valor de los diferentes billetes de circulación legal.

Ir al campo de vacaciones, a visitar a los abuelos, era un acto de devoción por lo que de agradable y amable tenía: Eran los sabores y los olores del campo, las comidas preparadas por la abuela, la granja bien dispuesta, donde la diversa variedad de plantas crecían vigorosas y formaban, en época de floración o de recogida de frutos, un magnifico espectáculo multicolor y de exóticas fragancias que la retina y el olfato han guardado para siempre en la memoria. Pero no era todo, la recolección de frutos en la huerta era una fiesta al paladar y a los sentidos, tanto más si se tiene en cuenta que la abuela los utilizaba para preparar exquisitas dulces y conservas que eran la delicia de sus nietos, amen de zumos y ensaladas.

La abuela Serafina era una mujer de no más de uno con cincuenta de estatura, ojos claros, pelo negro y lacio, boca mediana, nariz ancha, dientes blancos y bien dispuestos y de carnes enjutas. De carácter nervioso pero moderada, parca al hablar, sigilosa al caminar, muy observadora, sutil y altiva. Su porte y manera de ser denotaban enseguida la altivez de su raza, el orgullo, la presencia de ánimo y su testarudez cuando se sentía sobrepasada u ofendida por quien quisiera arrebatar le la razón.

Mis abuelos murieron muy mayores, rozando el centenario, dejando un inmenso vacío en nuestros corazones.

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