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hilando recuerdos

El último acorde

El viejito del acordeón

 

 El viejito del acordeón dejó de tocar. Una lágrima rodó por su mejilla arrugada y triste. Como un río hacia el vacío. Sin ayer, sin pasado ni recuerdos. Apenas un surco que el llanto iba abriendo en el rostro sembrando melancolía en quien lo observaba. Sus ojos brillaron como dos estrellas moribundas. Suspiró hondo, muy pero muy hondo, como buscando aferrarse a una última esperanza. Pero fue inútil. La hora había llegado. El tren estaba a punto de partir. Ya no había posibilidad de retorno. Estaba en el andén y tenía que subir. Tartamudeó unas palabras… Inaudibles. Roncas. Ásperas. Que se iban muriendo con él.

Cerró los ojos -Los parroquianos del bar lo observaban estupefactos y expectantes-. Reclinó la cabeza. Colocó las manos sobre el acordeón y torpemente comenzó a tocar el himno al amor que lo acompañó durante toda su vida: “Wen ich komm”. Un acorde, dos, tres, cuatro… Cada vez más espaciados y más desafinados… Hasta que por fin la música se volvió un sonido desafinado y agudo. Como una exhalación. Como un último suspiro.

Silencio. Quietud. El viejito del acordeón quedó petrificado, aferrado a su instrumento como una estatua. Los ojos bien abiertos. Las pupilas se le iban secando, apagando el cristal de sus bellos y marchitos ojos celestes…

Los parroquianos, desconcertados, fueron saliendo de su estupor… Se acercaron con cautela… Para descubrir que el anciano había fallecido delante a ellos.

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 Desde el alma II

Apenas un sueño

 Fue apenas un sueño

el amarte tanto,

como fue una pesadilla

el llorarte tanto.

 

Ambos fueron espejismos

que mi alma creó

en tardes de orfandad,

para llenar el vacío de mi corazón.

 

Por eso ni te olvidé,

ni tampoco te recuerdo.

Sólo eres una ilusión

que un día me amó,

esperando regresar

al lugar que nunca ocupó.

 Julio César Melchior

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 Historias secretas de las colonias

El pecado

 La niña llora. Está triste y sola. Los cabellos enmarañados le cubren los ojos. Antes rubios como un sol, ahora negros como un infierno. Su cuerpo se agita en un espasmo de agonías repetidas. Las imágenes vuelven una y otra vez, una y otra vez… La anciana abriéndole las piernas… La anciana extirpando el pecado cometido…

La puerta de la habitación se abre. Papá satisfecho ingresa y le besa la frente. La humillación ha sido borrada. El inevitable escarnio público fue eliminado. Ahora puede estar en paz consigo mismo y la sociedad. Nadie se enteró de nada. Puede volver a salir con la frente alta. Lo demás no importa. El tiempo sepultará las heridas. Era algo que había que hacer y él lo hizo. A pesar de la opinión de su hija; a pesar de sus creencias religiosas; a pesar de su conciencia; a pesar de todo… Era necesario salvar el buen nombre de la familia y el dispuso de los medios necesarios para que así sea.

Lo demás no importa.

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