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hilando recuerdos

Página 16

Historias de refranes

El que se fue a Sevilla, perdió su silla

Seguramente los ha escuchado y dicho miles de veces. Pero… ¿de dónde vienen los refranes, cómo nacieron? Periódico Cultural Hilando recuerdos se lo cuenta en artículos que publicará a partir de esta edición, comenzando con el que dice: “El que se fue a Sevilla, perdió su silla”.

Cuentan que durante el reinado en Castilla de Enrique IV de Trastámara, un sobrino de don Alonso de Fonseca -arzobispo de Sevilla- fue a su vez designado arzobispo de Compostela, pero suponiendo el tío que, a causa de las revueltas que agitaban Galicia, a su sobrino le costaría mucho tomar posesión de su cargo, se ofreció para adelantarse a Santiago para allanarle las dificultades, pero a cambio, le pidió a su sobrino que lo reemplazase en los negocios de su sede en Sevilla.

Efectivamente, así se hizo y con el mejor resultado, de manera que una vez que don Alonso, concluida la gestión, regresó a Sevilla, se halló con la desagradable sorpresa de que su sobrino se resistía a abandonar la sede que regenteaba, alegando que el arreglo había sido permanente. Para reducirlo, se hizo necesaria la intervención del Papa y hasta la del propio rey Enrique.

El joven, una vez que regresó a Santiago, terminó preso y sentenciado a cinco años de condena por otros delitos, pero su carrera continuó y llegó a ocupar los más altos cargos eclesiásticos, teniendo que ceder su arzobispado a su propio hijo.

De aquel suceso, muy comentado en su tiempo, nació el dicho que seguramente en su origen debió ser el que se fue "de" Sevilla, perdió su silla y no como lo conocemos hoy, el que se fue "a" Sevilla, perdió su silla, porque en realidad, don Alonso no fue a Sevilla sino a Santiago de Compostela, para lo cual debió irse de Sevilla y... dejar su silla.

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Fábulas argentinas

Invasión de hormigas

Por Godofredo Daireaux

Magnífico era el jardín. Cuidadas con cariñoso esmero, crecían las plantas con lozanía, prometiendo una regia cosecha de flores.

Una mañana vio el jardinero un pequeño insecto negro en una de las callecitas, pero no le hizo caso. Pocos días después, vio varios otros de la misma clase. Negros eran, activos, corrían por todas partes, como inspeccionándolo todo, y el jardinero los empezó a mirar con interés. Parecían inofensivos, eran pocos y pequeños, y por lo demás, no hacían daño.

Se acostumbró a verlos y dejó que en paz hicieran una cuevita, apenas visible, de la cual salían en procesión y a la cual volvían cargados de hojas de yuyos que por allí se cortaban, cumpliendo con ciertos ritos fijados de antemano, al parecer.

Primero los creyó inteligentes y parecían en realidad serlo, pero pronto vio que sólo tenían rutina, que nunca salían del caminito trazado por ellos y que su aparente inteligencia tenía límites estrechos que no podían franquear.

Pronto supo también el jardinero que eran dañinos.

Aunque parecieran ser todos del mismo sexo, su multiplicación iba siendo enorme y constante. Un día vio que se llevaban hojas que no eran ya de los yuyos del jardín, sino de una planta fina, nuevita, apenas brotada, y observándolos desde ese día con inquietud, vio que siempre con preferencia se apoderaban de las plantas nuevas, cortándoles las hojas para llevárselas a la cueva, donde amontonaban en secreto sus tesoros.

Y poco a poco se multiplicaron las cuevas; las procesiones se hicieron interminables y las plantas arruinadas fueron muchas y cada día más.

Vinieron otros insectos parecidos, colorados, blancos y amarillos, y todos hacían daño, aunque algo menos quizá que los negros, y se peleaban entre sí.

El jardinero no sabía cómo hacer para ahuyentar esa plaga, y mientras buscaba por qué medio lo haría, aumentaban los enemigos, destruyéndolo ya todo, no dejando una planta intacta, innumerables, insolentes e insaciables, imponiendo su dominación en todo el jardín y arruinándolo todo, cavando cuevas o edificando casillas por todas partes.

Hasta que el jardinero, no pudiendo ya sufrirlos más, resolvió destruirlos. Mucho trabajo le costó, y sólo después de mucho tiempo consiguió hacerles desaparecer de sus dominios, y sintió de veras haberles dejado entrar.

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