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hilando recuerdos

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El sabor de las cosas nuestras

 

El amor que se prodiga en la cocina

Por Pietro Sorba

 

Lo recuerdo todos los días. Lo percibo claramente. Es como si estuviera acá, en este momento. Es ese perfume y no otro. Esa estela de indescifrables aromas que todos los domingos se movían etéreos entre los cuartos de toda la casa y que, transportados por el viento, llegaban inmaculados a mi pequeña nariz de niño. Y allí, en ese preciso instante, esa estela, dejaba su marca. Indeleble. La tengo todavía, Recuerdo los vidrios de la cocina empañados. Recuerdo el perfume a limpio de la piel de mi padre. Recuerdo que nos invitaba a mi hermano y a mí a acercarnos a la mesa de la cocina. Subíamos a un banquito y bajo la atenta mirada de mi madre nos explicaba cómo teníamos que ayudar en la preparación de los ingredientes que, al cabo de pocas horas se habrían transformado en una comida deliciosa. Mi padre y mi madre nos enseñaron en esos domingos felices, de auténtica y verdadera vivencia familiar, cómo usar un cuchillo, como limpiar un pescado, como picar cebollas, zanahorias y apios, cómo hacer una salsa... En definitiva, como respetar y amar la comida. Evidentemente, era el idioma que les gustaba, que entendían y conocían. Recuerdo las ollas de aluminio. Perfectas. Enormes, brillosas. Listas para recibir los vegetales que hablamos picado gracias a las enseñanzas y a los consejos de nuestros padres. Verlos ahí dorándose dentro del aceite de oliva nos enseñó que la comida se transforma y si la tratas con respeto y amor esa metamorfosis da lugar a una comida exquisita. Todas las veces que paso cerca de una cocina y percibo ese perfume, ese olor de comida de casa y de esas recetas en particular, recuerdo la sensación de felicidad que me inundaba. Desde la punta de los pies hasta el último de los pocos pelos de mi cabeza. A pesar de los años, de la vida y del olvido es suficiente un segundo de ese olor. De ese perfume que sale de alguna cocina encontrada por casualidad. O de alguna puerta semiabierta de un restaurante y esos domingos de amor reviven de inmediato. Sentados en la mesa. Los cuatro. Sin peleas. Hablando de cosas simples. De la escuela. De las vacaciones. Del partido de fútbol que se aproximaba. O de nada. En silencio. Comiendo y nada más. Pero unidos. Con las caras serenas y felices. Era familia. Era amor.

Mi padre hoy no está pero todas las veces que visito a mi madre y nos reunimos con mi hermano, sin necesidad de hacer planes previos, mágicamente nos dirigimos hacia la cocina y nos preparamos algo de comer. Cada uno sabe lo que tiene que hacer. Sin darnos cuenta revivimos esos momentos. Momentos de comida. Momentos de amor.

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Editorial

 

Las fotografías antiguas

 

¿Cuándo vamos a comprender que las viejas fotografías tienen un valor sentimental pero también histórico? Almacenadas en ajados álbumes, en cajas de metal o abandonadas en los hogares en que fallecieron todos los inquilinos, son el patrimonio del que se nutre la base documental de la reconstrucción de la historia de nuestros ancestros, los alemanes llegados a la Argentina de allá lejos, allende el río Volga, en Rusia.

 

Las fotografías de finales del siglo XIX, de color sepia, algunas captadas todavía en la mismísima aldea de origen antes de partir rumbo a América, hasta las más actuales, en donde los descendientes de aquellos pioneros disfrutan de la prosperidad que ellos supieron legar, instalados en el bienestar de los pueblos alemanes de Coronel Suárez, revelan un cúmulo de conocimientos que no es posible reunir de otro modo.

La idea de recuperar y recopilar estas fotografías es la de crear una memoria que debe perseguir como fin la de fundar un archivo fotográfico. Conservarlas convenientemente clasificadas y guardadas en un lugar apropiado, servirán no solamente cono recuerdo sino para la consulta por parte de historiadores, sociólogos, investigadores, escolares y hasta público en general. Porque cada fotografía esconde una historia. Y cada una de esas historias revela un trozo de verdad de nuestro gran pasado cultural, social y económico, que hay que terminar de reconstruir definitivamente.

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