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hilando recuerdos

 

Nunca dejé de amarte

 

Treinta años después aún te recuerdo

 

Si algún día volvemos a encontrarnos, espero sentir tus labios cerca de los míos para besarlos, atrapar tus manos con mi cintura y acurrucarme en tu oído. Pasaría horas y horas, charlando conmigo mismo sobre ti, pero ahora no puedo soportar las lágrimas que me abrasan los ojos. Esto de verdad es amor y no voy a olvidarte nunca, aunque a veces aleje de mi tus pensamientos para no sufrir tanto” -escribe Enrique Siebelbein especialmente para Periódico Cultural Hilando recuerdos, evocando, a los setenta años, un amor intenso que vivió en las colonias en su juventud y que nunca pudo olvidar, pese a marcharse al sur y comenzar una nueva vida, con otra mujer, otro hogar y otros hijos… Pero conservando el mismo dolor, ese dolor que lo angustia aún hoy, cincuenta años después.

 

“El atardecer comienza a caer sobre mi ventana y es el principio de la oscuridad que va sembrando sombras en mi cuarto de abuelo viudo viviendo solo en una casa que le queda muy grande” –continúa escribiendo Enrique Siebelbein. “Aquí en el sur atardece muy temprano. Y eso hace que los recuerdos lleguen más temprano aún que lo habitual. Invaden mi mente de hechos que viví allá lejos en las colonias de Coronel Suárez cuando era joven y amé a una persona que me hizo muy feliz pero también muy desgraciado. La amé más que a mi propia vida; pero ella no. Para ella solamente fui amor de un año. Después de ese tiempo se casó con otro. Me dijo que dejó de amarme. Sé que no fue así, que fueron sus padres que la obligaron a casarse con otro, de posición social más elevada, dueño de un campo y más dinero.

“Es en estos momentos, todas las tardes, en que la recuerdo y no la tengo a mi lado. Deseo de corazón que haya logrado encontrar la felicidad. Jamás regresé a las colonias. Espero que al leer estas palabras escritas para ella, se de cuenta que nunca pude olvidarla y que, pese a haberme casado, he vivido con el consuelo de haber grabado su mirada, sus besos, sus caricias, su rostro, que conservé grabado en mi corazón todos estos largos años como el primer día, como esa aciaga noche en que llorando nos despedimos para siempre.

Ojala algún día pueda ojear mi existencia como un libro y decir, sin llorar y en paz conmigo mismo y mis recuerdos: esta fue mi vida y aquí termina”.

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