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hilando recuerdos

Página 20: ¡No quiero jubilarme!

Página 20: ¡No quiero jubilarme!

 

La cuenta regresiva

 

¡No quiero jubilarme!

 

Esta es la historia de una abuela de las colonias que vivió cuarenta años dedicada al trabajo, y que, de la noche a la mañana, se da cuenta que con el próximo cumpleaños llegará también el momento de jubilarse. Confundida  reflexiona sobre la nueva vida que le espera y que, por fin, tendrá tiempo libre para dedicarse a sí misma, para hacer lo que siempre deseo: viajar, pasear, visitar a sus nietos, en una palabra vivir la vida. Lamentablemente para ella, descubre que ese tiempo libre es sólo una quimera, porque finalmente se dará cuenta que lo que le espera, como ‘buena esposa alemana’, es dedicarse a su marido, tan o más grande que ella, hasta el fin de sus días.

 

Un día como hoy, dentro de un mes, será mi cumpleaños. No será un cumpleaños cualquiera. En realidad, ninguno lo es, ya que el mero hecho de poder llegar, cuando todo en la vida es tan incierto, los convierte en algo digno de celebración. Cumpliré sesenta años. A la impresión que produce un cambio de año –más éste, porque sabes a ciencia cierta que de la copa de la vida ya hace tiempo que apuraste la mitad– hay que añadir la circunstancia de mi jubilación anticipada. Cuando se acabe septiembre, terminará también mi vida laboral; una vida laboral de cuarenta años. Y en esta tesitura, uno no puede por menos que echar la vista atrás y hacer balance. Son éstos unos días de reflexión que te permiten ir anotando en las casillas del debe y del haber, aunque seas consciente de que nada ya puedes hacer para borrar esas partidas que te pesan.

Cuando yo era más joven y algún conocido llegaba a la jubilación, sentía una especie de envidia al imaginar cuántas cosas pendientes podría hacer si me encontrase en su lugar; aunque no por eso dejara de caer en la cuenta de que este aumento espectacular de tiempo libre vendría seguramente acompañado de úlceras de estómago, cefaleas, problemas de riñón o de hígado, y un largo etcétera, que van apareciendo día a día, como lo hace la lluvia en otoño. Y el tiempo pasa veloz, sin detenerse. La vida, como un tren de incierto recorrido, conduce inexorablemente a la vejez; a no ser que en el camino el viajero sufra un accidente inesperado, o que él mismo, aburrido del viaje, se arroje a la cuneta en marcha. No es ése mi caso. Y aquí estoy. Con la jubilación a la vuelta de la esquina.

No era así como la había imaginado. Mis circunstancias familiares no me permitirán realizar algunas cosas que relegué para este tiempo. Pasar una temporada junto al mar, huyendo de los rigores del invierno; visitar todos esos lugares hermosos de mi país que desconozco; volverme peregrina en el camino de Luján, un sueño que me acompaña desde mi juventud…Tengo un esposo que cada día depende más de mi amor y mis cuidados. Viviré para él. Seré esposa, madre, amiga, enfermera… Seré sus manos y sus pies. Apoyo en sus momentos de miedo y de dolor. ¡Espero tener fuerzas! Y disfrutaré, sorbo a sorbo, de los pequeños gozos que nos brinda la vida: el amor de mis seres queridos, la amistad, los libros, la música, la naturaleza… Todo aquello que se encuentra a nuestro alcance sin necesidad de recorrer grandes distancias para disfrutarlo. Basta con abrir los ojos cada mañana y mirar a tu alrededor. Y luego, al final de cada día, daré gracias. Y nada más. Así hasta el final de mis días.

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