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hilando recuerdos

Recuerdo de la fiesta en que tomó su Primera Comunión Rolando Oscar Steimbach. Lo acompañan Juan José Berger, Aurelio Oscar Steimbach, Oscar Daniel Ullúa y Sergio Fabián Ullúa, luciendo con orgullo las gorras que rememoran el campeonato de fútbol obtenido por Club Independiente en el año 1985 (Gentileza de María Eschetgel de Ullúa).

Reunión de amigos: Horacio Frank, Marcelo Frank, Serafín Herlein, Anselmo Martel, Ángel Wagner, Jorge Durban y Armando Schwab (Gentileza de Lidia Minig).

 

Fiesta de casamiento de los esposos Carmen Arzer y Dionisio Krotter. Junto a ellos disfrutando de tan dichoso momento: Paulina Safenreiter, Jacobo Arzer, Amalia Safenreiter, Jorge Wesner, Alicia Wesner (Gentileza de María Eschetgel de Ullúa).

 

Año 1969. Fiesta de casamiento de los esposos Lidia Minig y Marcelo Frank. Los acompañaron en tan feliz acontecimiento los padres de la novia, Rosa Prait  y Alejandro Minig, Eusebio Minig y la abuela Elisa Prait (Gentileza de Lidia Ming).

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La nostalgia del atardecer

 

Los domingos de las colonias

 

Los domingos de las colonias tienen perfumes de nostalgia y sensaciones de melancolía. Una brisa de recuerdos recorre las calles al atardecer y anida en el corazón de sus habitantes, que imbuidos de ese sentimiento salen a caminar por la calle ancha, luciendo sus mejores ropas, a recorrer las ramblas, a conversar con los vecinos que se sientan a la vereda, frente a sus casas, dejando transcurrir, en una letanía monótona y lenta, el tiempo entre mate y mate, entre palabras y palabras, en las que surgen también los últimos chismes que escandalizaron la moral pública de la comunidad.

Todos extrañan algo. Aunque no lo expresen y la mayoría no se de cuenta, extrañan algo. El suceder de la vida posmoderna les hizo perder cierto grado de identidad y muchas posesiones que llevaron en su memoria durante centurias. Ya no hay patios donde suenen acordeones y bailen parejas envueltas en una nube de tierra, con músicos destilando un aroma a cerveza, cantando canciones alemanas mientras el alma y los ojos se llenan de lágrimas rememorando la patria lejana. La posmodernidad trajo consigo cosas nuevas a cambio de perder otras. Y se sabe que todo trueque no siempre es justo, como también se sabe que todo cambio tampoco resulta del todo para bien o para, al menos, sentirse más pleno y más feliz. A veces, perder cosas, recuerdos, objetos, costumbres, hábitos, es perder tradiciones y junto con ellas, parte de la identidad.

Llorar lo perdido

 

La espera

Colaboración de

Pascual Bineder

 

Componerle poemas al olvido, llorar el tiempo perdido, ver pasar las horas y encontrar las manos vacías. Saber que la persona que amamos está lejos. Bien lejos de nosotros. Que abraza a otro, que ama a otro hombre. Y comprender que hemos perdido los días esperando, soñando un regreso que quizás nunca se produzca.

Han pasado diez años desde que se fue. Sé que se casó, que tiene tres hijos. Todo eso lo sé. También que no es feliz. Que su marido la engaña. Pero… ¿es eso suficiente para creer que todavía me ama a mí? Parece que no. Y sin embargo, me aferro a esa última esperanza.

Y no me atrevo a comenzar una nueva vida por temor a que regrese a buscarme y yo ya no esté esperándola.

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La soledad de don Laureano Kees

 

“La vida fue muy injusta conmigo”

 

“Ver partir un tren y despedir un hijo que se va muy lejos. Agitar el pañuelo en el atardecer viendo como otro hijo se marcha con su esposa buscando un futuro mejor en la Capital Federal. Sepultar el amor junto con mi esposa en un amanecer de invierno, triste y lluvioso. Quedar solo en una casa inmensa. Deambular buscando la compañía y las voces de los seres queridos que ya no están. Sentir que lo hemos dado todo y que a nadie parece importarle. Son realidades que me ha dejado la vida en estos ochenta años. Y me parece terriblemente injusto” –cuenta don Laureano Kees Periódico Cultural Hilando recuerdos..

 

“Nací en una de las colonias, no importa cual. A esta altura de mi vida todo da igual. Me di cuenta que uno siempre está de paso; en todos lados está de paso. Hasta en la vida misma. Uno nunca puede estar tranquilo ni seguro de nada; en cualquier momento un avatar, un hecho impensado, le puede arrebatar todo y dejarlo como vino al mundo: vacío, solo y desolado” –reflexiona don Laureano.

“Cuando era chico tenía muchos proyectos. Soñado con vivir en la Capital Federal, hacer una pequeña fortuna, llevar una vida tranquila, con una linda esposa, varios hijos… Y aquí me ve. Los años han pasado. De aquel niño no queda absolutamente nada. me fui a la Capital Federal, es cierto; pero también es cierto, que no conseguí lo que soñaba. Lo único que hice en todos estos años fue trabajar y trabajar y trabajar. Siempre viviendo en una casa alquilado. Sufriendo porque la plata nunca alcanzaba; llorando en secreto porque no podía darles lo que deseaba a mis hijos y a mujer.

Después, bueno, la cosa continuó marchando. Los días transcurrían, todos iguales, idénticamente iguales: trabajaba durante todo el día para llevar la comida a casa. No tenía tiempo para nada más. Los hijos nacían, crecían y se iban. Y yo sin apenas conocerlos.

“Y así, también, se me fue mi esposa; mi querida y amada esposa. Ahí recién me di cuenta de lo estúpido que había sido al vivir de esa manera. Pero qué iba a hacer sino me quedaba otra. Si no trabajaba no había comida sobre la mesa. En ese momento terrible de mi existencia me di cuenta que lo había perdido todo y que no había disfrutado de nada: ni de mi esposa, ni de mis hijos. Siempre preocupado por darles lo mejor, me olvidé de entregarles mi amor, mi alma”.

Su voz se apaga. Reina el silencio. Un silencio profundo y doloroso. Don Laureano se queda pensando, reflexionando. Está aquí, sentado frente a mí, en la redacción de Periódico Cultural Hilando recuerdos acompañado de uno de sus hijos y dos nietos.

“Sí –vuelve a hablar con voz queda y frágil-, lo entregué todo y a la vez no entregué nada; porque no me entregué a mi mismo. Les dí cosas materiales pero no les dí mi amor” –sostiene en un susurro que se parece mucho al llanto. Y concluye:- Por eso me quedé tan solo, desconsoladamente solo. Creo que me lo merezco por haber sido tan ciego”.

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Desde el alma IV

Si mis manos pudieran

Por Federico García Lorca


Yo pronuncio tu nombre
en las noches oscuras,
cuando vienen los astros
a beber en la luna
y duermen los ramajes
de las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
de pasión y de música.
Loco reloj que canta
muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
en esta noche oscura,
y tu nombre me suena
más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!!

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A la memoria de Don José Bohn

 

Un hombre que merece de ser recordado

 

Don José Bohn nació en el año 1897. Los documentos del Registro Civil indican que era “natural de Rusia”, como estilaban escribir los funcionarios en las actas de casamiento y defunción en los años fundacionales de los pueblos alemanes, sin tener en cuenta de qué lugar de ese país provenían. También revelan que era hijo de Ana María Stremel y Jorge Bohn.

 

Don José Bohn desarrolló su vida entre Pueblo Santa María, donde tenía su residencia, y una chacra de su propiedad, la cual trabajó e hizo producir, fiel a la capacidad de crecimiento de todos los alemanes del Volga, que supieron progresar en esta tierra argentina que les abrió la puerta a la libertad.

Cultivó la tierra, labró su destino y una existencia basada en férreos principios morales, cuyos pilares eran Dios y una conducta social intachable.

El 15 de octubre de 1918 contrajo enlace matrimonial en la Iglesia Natividad de María Santísima, con Placentina Andes, hija de Elisabeth Schamberger y Jorge Andes, quien le regaló la dicha ser padre de 8 hijos: Blandina casada con José Streitenberger –que tuvieron 7 hijos-, Agustín con Nélida Besler – 4 hijos-, José con Plasentina Dornes -2 hijos-, Elisa (fallecida a los 7 años), Adán con Angélica Besler -2 hijos-, Amalia con José Dornes -5 hijos-, Ricardo con Graciana Dornes -3 hijos- y Guillermina con Ricardo Beier -4 hijos.

Una felicidad que duró pocos años. Porque en 1937 muere su esposa con apenas 35 años.

Fue una época difícil para Don José. Viudo y con 8 hijos. Una situación nada sencilla de afrontar. Por lo que fue menester comenzar de nuevo. Y es así como el 12 de octubre de 1939 contrae matrimonio con María Hipperdinger, hija de Juan Hipperdinger y Apolonia Heder; de cuya unión nacen 3 hijos: Josefina casada con Bernardo Beier –que tuvieron 4 hijos- , Graciano –soltero- y Luis con Irma Maier -2 hijos.

Habiendo hecho su vida y cristalizado sus sueños, en 1960, Don José Bohn entrega su existencia a Dios: fallece con sólo 63 años.

Su segunda esposa fallece en 1977.

De todos sus hijos, actualmente viven solamente cuatro: Amalia, Ricardo, Guillermina y Josefina. Y de los yernos y nueras, dos: Bernardo e Irma. Los demás ya han fallecido todos.

Don José legó a la posteridad una existencia digna, ejemplos para imitar, y una familia pródiga: varios hijos que continuaron la descendencia con numerosos nietos y bisnietos. Este rescate histórico era necesario como acto de justicia, homenaje y recuerdo permanente.

 

Primer matrimonio de Don José Bohn con Placentina Andes (Gentileza de Carmen Streitenberger).

Segundas nupcias de Don José Bohn con María Hipperdinger (Carmen Streitenberger).

 

Acta de Matrimonio de las segundas nupcias de Don José Bohn.

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Fábulas argentinas

El águila y el gorrión

 

Por Godofredo Daireaux

 

 

El gorrión, con imprudencia de cortesano novel, criticaba en voz alta, en un círculo de muchos otros pájaros, el gobierno del águila. Aseguraba que los impuestos eran excesivos y estaban mal repartidos; que se derrochaban los dineros públicos; que la justicia era pésimamente administrada; que las elecciones, falseadas, mandaban al congreso puros politiqueros ignorantes; que todo se volvía negocio; que el verdadero mérito nunca era recompensado, y que sólo conseguían los puestos públicos los que para nada servían.

Y muchas otras cosas se disponía a criticar, cuando el águila que, sin que hubiera sentido el gorrión, se había aproximado al grupo, le preguntó de qué gobierno estaba haciendo la historia.

El gorrión no se inmutó:

-Del gobierno del abuelo de Vuestra Majestad -contestó sin vacilar, saludando al águila con toda cortesía.

Y el monarca no pidió más, recapacitando que, efectivamente, todo aquello, desde entonces, había mejorado muchísimo.

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Historias de frases famosas

Parar la olla

 Por Héctor Zimmerman

 

"No tener cómo o con qué parar la olla" resume, como es sabido, la imposibilidad de llevar al hogar el alimento indispensable. La olla es el símbolo de la comida elemental, la más pobre, como surge de otra expresión, "olla podrida", lugar adonde iban a parar todas las sobras e ingredientes baratos con que una familia sin recursos se las arreglaba para cocinar. Los franceses emplean una frase similar, pero la aplican con sentido irónico: "la olla está boca abajo" ("la marmite est renversée") se endilga a las casas donde no se convida nunca a nadie, sea por mezquindad o porque sus dueños están arruinados. La pregunta es por qué tanto para los franceses como para otros pueblos, como el español y el argentino, se habla de ollas volcadas boca abajo y ollas paradas o boca arriba. La razón obvia es que cuando esos utensilios se usan a diario lo común es verlas en la cocina de pie, apoyadas en la base; cuando eso no ocurre, permanecen arrinconadas a la espera de que venga quien las pare para llenarlas y ponerlas al fuego. La frase se oye más que nunca en las épocas de sequía monetaria. Eso explica que en la década del treinta inspirase a Celedonio Flores -que por esos años sufría en persona los efectos de la crisis- la famosa letra de "Margot", que en dos por cuatro recuerda amargamente el dicho: "...y tu vieja, ¡pobre vieja! lava toda la semana / pa' poder parar la olla, con pobreza franciscana, / en el triste conventillo alumbrado a kerosén”.

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Fotografías de Pueblo Santa María

Año 1958. Enlace matrimonial de los esposos Irma Zulema Graff y José Reeb (Gentileza de Rosa Reeb).

Fiesta de casamiento de los esposos Zulma Denk y Jorge Gallinger. Los acompañan compartiendo tan feliz acontecimiento: María Berger, Delia Scheffer y Juan Carlos Berger (Gentileza de Delia Scheffer).

Recuerdo de la celebración de los cumpleaños de María Berger y José Alberto Scheffer. Compartieron tan dichoso momento: José Berger, Mónica Paz, Patricia Berger, Juan Carlos Berger, Francisco Berger, Alberto Jungheim y María del Carmen Jungheim (Gentileza de Delia Scheffer).

 

Año 1978. Primera Comunión de los niños Claudia Emilse Reeb y Juan Carlos Reeb (Gentileza de Rosa Reeb).

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Para meditar

El amor

 

Duele amar a alguien y no ser correspondidos, pero lo que es más doloroso es amar a alguien y nunca encontrar el valor para decirle a esa persona lo que se siente.

Tal vez el destino quiera que nosotros conozcamos a unas cuantas personas equivocadas antes de conocer a la persona correcta, para que al fin cuando la conozcamos, sepamos ser agradecidos por ese maravilloso regalo.

Una de las cosas más triste de la vida es cuando conoces a alguien que significa todo y sólo para darte cuenta que al final no es para ti y lo tienes que dejar ir. Cuando la puerta de la felicidad se cierra, otra puerta se abre, pero algunas veces miramos tanto tiempo a aquella puerta que se cerró, que no vemos la que se ha abierto frente a nosotros.

Es cierto que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero también es cierto que no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos.
Darle a alguien todo tu amor nunca es seguro de que te amarán, pero no esperes que te amen; sólo espera que el amor crezca en el corazón de la otra persona, pero si no crece sé feliz porque creció en el tuyo.

El amor llega a aquel que espera, aunque lo hayan decepcionado, a aquel que aún cree, aunque haya sido traicionado. A aquel que todavía necesite amar, aunque antes haya sido lastimado, y a aquel que tiene el coraje y la fe para construir la confianza de nuevo.

El principio del amor es dejar que aquellos que conocemos sean ellos mismos, y no tratarlos de cambiar con nuestra propia imagen, porque entonces sólo amaremos el reflejo de nosotros mismos en ellos.

No vayas por su imagen externa, esta te puede engañar, No vayas por las riquezas, por que aún eso se pierde. Ve por alguien que te haga sonreír, porque toma tan
sólo una sonrisa para hacer que un día obscuro brille.

Espero que encuentres a aquella persona que te haga sonreír. Hay momentos en los que extrañas a una persona tanto que quieres sacarlo de tus sueños y abrazarlo con todas tus fuerzas. Espero que sueñes con ese alguien especial. Sueña lo que quieras soñar. Ve a donde quieras ir. Sé lo que quieras ser. Porque tienes tan sólo una vida y una oportunidad para hacer todo lo que quieras hacer.

Espero que tengas suficiente felicidad para hacerte dulce. Suficientes pruebas para hacerte fuerte. Suficiente dolor para mantenerte humano. Suficiente esperanza para ser feliz.

Las personas más felices no siempre tienen lo mejor de todo; sólo sacan lo mejor de todo lo que encuentran en su camino. La felicidad espera por aquellos que lloran, aquellos que han sido lastimados, aquellos que buscan, aquellos que tratan. Porque sólo ellos pueden apreciar la importancia de las personas que han tocado sus vidas.

El amor comienza con una sonrisa, crece con un beso y muere con una lágrima.
La brillantez del futuro siempre estará basado en un pasado olvidado. No puedes ir feliz por la vida hasta que dejes ir tus fracasos pasados y los dolores de tu corazón.

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Tradiciones argentinas que asimilaron los alemanes del Volga

Páginas 1 y 2

Los alemanes del Volga al establecerse en la Argentina incorporaron varias costumbres locales, entre ellas, y quizás la más representativa, la de tomar mate.