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Nuevo país

Se inicia la colonización alemana del Volga en la Argentina

Investigación especial X

El presidente, doctor Nicolás Avellaneda, había dispuesto medidas propiciando la colonización de las pampas vírgenes con agricultores europeos, aunque la región que cir­cundaba a Buenos Aires hasta una profundidad de 200 Km. ya estaba ocupada por grandes terratenientes latifundistas cuyos antepasados se habían beneficiado con la famosa ley de Enfiteusis Rivadaviana de manera que las superficies disponibles en la realidad eran aduar de los indios. La ley 817 del 19 de octubre de 1876, llamada de Inmigra­ción y Colonización, fue uno de los pilares económicos que permitió proyectar la industrialización del país por el acopio de divisas que generó.

Recién en los años de la llegada de los alemanes del Volga, la Argentina comenzaba a satisfacer sus propias necesidades en lo rela­tivo a producción agrícola.

Eran tiempos en los cuales la Argentina se desprendía de la he­rencia colonial para transformarse en potencia productora y luego in­dustrial; la economía nacional comenzaba a incorporar la tecnología europea y nuestro pueblo contribuyó en gran medida a ello. Así como había transformado la estepa del Volga en el granero de Rusia, se es­peraba de él, el mismo milagro en las pampas argentinas”.

Cuando el Poder Ejecutivo Nacional remitió al Congreso el proyecto de ley referido a la colonización alemana del Volga en la provincia de Buenos Aires, el 10 de octubre de 1877, hizo constar que los gastos habían sido calculados en más de 600 $ F por familia, de los cuales la administración central contribui­ría con la tercera parte.

Después de un tramite bastante acelerado, puesto que se tenía noticia del cercano arribo de las primeras familias, se dispuso la extensión a otorgar. Serían 16 leguas cuadradas en el partido de Olavarría y la tierra pública del Arroyo de Nievas, pero se reservaría una tercera parte para venderla a familias argentinas o de otras nacionalidades.

Cada familia podía adquirir de uno a cuatro lotes a razón de 50 $ m/n la Ha, a pagar en un plazo de 10 años. Por el mis­mo tiempo, los colonos quedaban eximidos del pago de la contri­bución directa.

Para facilitar la administración de la colonia (fundada el 5 de enero de 1878 con el nombre de Hinojo, al que los alemanes del Volga denominaron durante los primeros tiempos Kamenka, en recuerdo de la colonia volguense de origen), se dispu­so el nombramiento de un Intendente, que sería el encargado de poner a los inmigrantes en posesión de sus lotes y de mantener el orden público y quien estaría bajo la dependencia de una la Comisión Directiva nombrada por el Poder Ejecutivo.

Cuando los colonos llegaron a Hinojo ya contaban con ca­sillas provisorias instaladas y, cumpliendo con lo prometido, el gobierno les cedió animales y un arado como así también me­dios para su manutención por un año.

En cuanto a la tierra, ya estaba hecha la división en cha­cras de 40 Ha por unidad, correspondiéndole una a cada varón, sin discriminación de edad. Esto favorecía a las familias nu­merosas y algunas de las más prolíficas recibieron hasta ocho chacras.

Es probable que esas ventajas iniciales tuvieran relación con las características de zona de frontera que aún revestía Olavarría en esos años.

En el pequeño pueblo de Hinojo se conservan todavía algu­nos testimonios de esas primeras épocas, como por ejemplo un breve manuscrito que el Schulmeister José Gottfried encontró en la iglesia local. Se lee allí que: "Duros fueron los primeros tiempos, nos decían nuestros abuelos (...) primero el idioma (...) los pajonales (sic) no se divisaba más que unos metros y el poco tiempo transcurrido de la con­quista de (sic) desierto siempre quedaban algu­nos indios los hombres (que) tenían que (ir) a sus chacras a trabajar.

Con mejor sintaxis pero con datos parecidos, informa a su vez esta otra reseña: "Llegaron hasta un lugar llamado San Jacinto. Lo único que respondía a ese nombre eran los pa­jonales, donde los patriarcas permanecieron unos dos años, debiendo organizar continuamente guar­dias, armados con implementos antediluvianos pa­ra defenderse de los malones indios".

De cualquier forma, los rastros de esta primera fundación prácticamente se han perdido. “A raíz de algunos conflictos sus­citados con otro grupo de colonos, en este caso franceses esta­blecidos en la zona acogida por la misma ley de colonización, los alemanes solicitaron y obtuvieron el permiso para trasladar­se a un kilómetro de distancia”, escribe Olga Weyne.

Mientras que el Mayor Capellán (RE) Matías Seitz documenta que: “En ese lugar habían acampado también unos franceses, que molestaban a los alemanes, exi­giendo que encerraran sus animales, cosa impo­sible por no existir aún alambrados. El entusiasmo aumentó cada vez más y así se duplicaban las actividades de todo orden, teniendo también gran interés en la cría de aves de corral, gallinas, pa­tos y sobre todo gansos, cuyas plumas eran apro­vechadas por las señoras para confeccionar almohadas y frazadas, de buena protección contra los fríos del invierno.

Los tranquilos pobladores tomaron una im­portante resolución, de acuerdo con el refrán que dice: "Te quedas a la izquierda, me voy a la derecha". Eso para eludir incidentes con los franceses. Un representante del grupo consultó con la administración, si él y las demás familias po­dían reunirse en una chacra distante unos mil metros del arroyo, para ubicar en ese lugar la colonia, todo en bien de la paz común, "porque no queremos tener cuestiones con los vecinos".

Acordado este permiso, desmontaron todas las viviendas para trasladarlas, con los demás colonos, al nuevo destino, al cual llegaron pocos días después nuevos emigrantes del Volga en cantidad bastante apreciable.

Así quedó fijado el lugar definitivo de la Co­lonia Hinojo, donde se encuentra en la actuali­dad. Como las familias estaban formadas por personas todavía jóvenes y los hijos eran nume­rosos, tanto los hombres como las mujeres, al principio, tuvieron que realizar tareas sumamen­te agobiadoras, no sólo en la casa sino también en el campo. Uno de los más jóvenes principian­tes, el primer año, contra viento y marea pudo sembrar de cuatro a cinco hectáreas; el segundo año anduvo mejor y llegó a las 14 hectáreas.

Después de fundarse la colonia de Hinojo, se desplazó otra corriente inmigratoria desde el Volga y unas veinte familias fundaron la colo­nia Nievas, llamada también Holtzen. Eran to­das personas ordenadas y con espíritu laborioso las que se iniciaron en ese lugar. El cielo los favoreció y, obteniendo buenas cosechas en los años siguientes, pudieron acomodarse bien. La producción abundante de la hacienda sumó nue­vos ingresos, que fortalecieron la economía que ya tomaba bases sólidas.

Al bienestar espiritual contribuye una desaho­gada posición material. Estas circunstancias es­timularon su progreso. Años más tarde se funda la colonia San Mguel. Los terrenos ocupados por estas tres colonias habían sido donados bastante tiempo atrás a un general del Ejército Argentino, en retribución por los pa­trióticos servicios prestados al país. Como eran tierras fiscales, no tuvieron lugar interferencias del gobierno.

Dado el interés que tenía la comisión adminis­trativa por las colonias, fueron cedidas a los ale­manes del Volga. El susodicho militar recibió otro terreno de mayores dimensiones, donde aún habitaban los indios. San Miguel acusó un pro­greso rápido y muchos de sus ocupantes se vol­vieron personas adineradas, con una solvencia económica tal que les brindaba un bienestar completo.

Algunas chacras tenían canteras, de donde se extraía cal. Hombres de fuerte posición se hicie­ron cargo de esa explotación, con la cual los co­lonos no sabían qué hacer. Esta zona se abastecía, entonces, de la cal de Azul, que, a la vez, la proporcionaba a media república. También se establecieron dos grandes fábricas de cemento, dotadas de los elementos más modernos existen­tes en la época, que produjeron la riqueza del lugar prosperando en una forma que nadie se había imaginado. Donde hay espíritu de lucha se superan todos los obstáculos que se interpo­nen en las conquistas impulsadas por nobles idea­les.

Los colonos de San Miguel orientaron sus ac­tividades hacia las dos ramas fundamentales del campo: agricultura y ganadería. Las chacras de las tres colonias contaban con pasto muy bueno para la hacienda. Ese fue un factor de peso pa­ra que algunos se consagraran con preferencia a lo último, por lo cual podía observarse chacras que contaban hasta con mil y dos mil cabezas entre vacunos, lanares y equinos. La colonia San Miguel suministró, con el correr de los años, nu­meroso personal humano para fundar más y más colonias, que fueron extendiendo su influencia en forma progresiva hacia otras latitudes de las provincias de Buenos Aires, Córdoba, La Pam­pa, el Chaco, etc.

Hinojo fue la primera de las colonias, si bien su contingente no asumió el volumen del que se radicó en Entre Ríos, en cuanto a cantidad de las personas, pero con orientación uniforme para todos, resolución ya adoptada en el Volga, porque no daban aside­ro en sus proyectos colonizadores a los caprichos individuales. Hinojo fue así la cuna de esas colonias en la Argentina”, concluyen los historiadores Popp y Denning.

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