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hilando recuerdos

Rumbo al Volga

Los colonos alemanes parten a colonizar tierras rusas

Investigación especial III

“Y llegó la hora de partir, el instante de abandonar para siempre nuestro hogar, nuestra amada patria. Iniciamos el viaje y al mirar atrás veíamos como nos alejábamos de la querida tierra que nos había visto nacer y que sin aliento, por tanta guerra, tanta destrucción, tanta desolación causada por la avaricia de unos pocos aristócratas, nos empujaba al exilio. Aún no nos habíamos ido del todo y ya comenzábamos a añorarla. Lloramos de tristeza como niños que se alejan para siempre de la casa de sus padres sin la posibilidad de regresar jamás. Alemania comenzaba a ser un dulce y amargo recuerdo...”.

Un horizonte de desengaños

Al iniciarse el movimiento migratorio –que estaba compuesto por creyentes de la religión católica y protestante-, la mayoría de los emigrantes se dirigieron por tierra hacia Lübeck, sobre el Mar Báltico; mientras un pequeños grupo lo hizo hacia Danzig. La marcha comenzó en rústicos y primitivos carruajes y prosiguió durante nueve u once días en naves inglesas o anseáticas por el Báltico, para desembarcar en la ciudad rusa de Kronstad, ubicada en la isla de Kotlin en el Golfo de Finlandia, a las puertas de la capital del Imperio, donde tomaron contacto por primera vez con los nativos. Después continuaron su camino hasta un lugar denominado Oranienbaum, cerca de San Petersburgo.

Allí la Corona Imperial Rusa hizo saber a los inmigrantes que, a diferencia de los prometido en el Manifiesto, el cual aseguraba plena libertad para elegir la profesión u oficio deseado en todo el territorio ruso y “que todos podían aplicar sus conocimientos y especialidades, tanto un oficial de ejército como un herrero, un agricultor, un comerciante, un deshollinador...”, todos debían dedicarse a la colonización del bajo Volga como agricultores.

Se originaron protestas pero los colonos ya no tenían modo de retroceder. La decisión del gobierno ruso fue terminante y la distancia que los separaba de sus lugares de origen inmenso. Oranienbaum fue el primer desengaño, aunque faltaba lo peor: a todos les fue tomado un juramento de fidelidad a Su Majestad Imperial.

Rumbo al Volga

Víctor P. Popp y Nicolás Dening, en su libro “Los alemanes del Volga” relatan la salida de Alemania de los colonos expresando que “Fueron casi 400 almas que a principios de año se congregaron si­lenciosas, con humildad y amargura, en la iglesia de Oranienbaum para prestar juramento de fidelidad a la Corona rusa; no todos repitieron la fórmula en voz alta. Algunos sólo movieron los labios para no per­der "su libertad ante su conciencia"; tal era la moral de aquellos pioneros sin nombres, que buscando un nuevo horizonte en libertad, en­contraron la opresión. Así nuestros alemanes tuvieron su primera ex­periencia desencantadora en suelo ruso.

Terminaban de pasar el invierno en una aldea cercana de nati­vos; sin ánimo de exagerar, nuestros antepasados quedaron atónitos al contemplar sus pares rusos. Los campesinos lugareños tenían un as­pecto deplorable, con sus largas melenas y barbas enmarañadas que nunca conocieron navaja y que inspiraban temor y curiosidad a la vez.

Aquellos primitivos ciudadanos rusos eran, no obstante, gentes de nobleza de sentimientos y muy hospitalarios; con ellos pasaron el in­vierno riguroso durante varios interminables meses. El frío era intenso, los ríos y arroyos permanecían congelados y los animales sobrevivían gracias a su encierro en galpones o establos.

Con frecuencia, los miembros de una misma familia eran separa­dos por causa de enfermedad o ancianidad; mientras algunos continuaron el viaje, otros quedaban en aldeas a causa del insoportable frío; nuestro grupo de viajeros —sobre trineos tirados por caballitos (ponis quirkisios) soportaron innumerables imprevisiones e improvisaciones durante este viaje de 3.000 Km., recorridos en el largo tiempo de un año entero. En el extenso trayecto tomaron contacto directo con los nativos, conocieron sus costumbres y se compenetraron de sus for­mas de vida.

Aún estaban lejos del Volga; pasaban el invierno como en fami­lia con los rusos de las aldeas rurales: constataron así, con expectante sorpresa que los dueños de casa convivían con sus animales, en un mí­sero gran cuarto, en cuyo centro se encendía una fogata para calefaccionar el ambiente; sorprendidos o no, nuestros alemanes no podían exponerse a sucumbir en la nieve y sólo les quedaba aceptar el hospe­daje, acomodándose entre personas, ovejas, vacas, cerdos, dentro de ese recinto sin ventilación y sin instalaciones para ahuyentar el vaho y el humo. Al renovar el fuego por la mañana, semiasfixiados, salían a la intemperie para aspirar el oxígeno salvador a pesar del gélido ambiente.

Fue una experiencia risueña, pero difícil; la familia del colono ruso junto a sus inesperados huéspedes alemanes, dentro de una pieza grande con animales domésticos de todo tipo. Allí soportaron el humo, el vapor y pestilentes olores, con el jocoso agravante de no entender­se entre sí.

Los primitivos y escasos alimentos que consumían los campesinos rusos, consistían en una sopa de repollo, puré de mijo y algo de car­ne; la bebida era invariablemente el conocido Kwas (cerveza de malta, más débil que la cerveza común). Pero la Providencia quiso ofrecer algo mejor; pues los rusos desconocían el uso como alimento de los derivados de la leche de vaca. Fue así, que nuestros antepa­sados dejaron como recuerdo de su paso —con gran satisfacción de los rusos—, la elaboración de manteca y queso que luego se consumiría ávidamente en la zona.

Muchos de los nuestros, para abreviar o acortar el tiempo de per­manencia, se conchabaron como peones de los rusos para allegar algún dinero; así transcurrió el crudo invierno y nuestros peregrinos —ya impacientes—, estaban ansiosos de proseguir su inacabable viaje ha­cia su destino desconocido. Después del deshielo, se alistaron carros sin elásticos, agrupándose por familias o por amistades y se acomo­daban en el carruaje de su preferencia, cargando las pocas cosas que traían, algunos enseres personales y tal vez algún maltratado baúl con la ropa que les quedaba.

El espacio libre fue ocupado por las mujeres, ancianos y niños; los hombres y los jóvenes caminaban detrás de su carruaje. Así forma­ron las largas columnas de colonizadores que se dirigían rumbo al sur, en busca de la tierra prometida. En verano, el polvo y la temperatura elevada disminuían el ritmo de marcha; en Rusia las temperaturas son altamente contrastantes, e invariablemente a un corto verano sigue un largo invierno.

La columna siempre tenía como jefe a un oficial ruso, estricto pero amable, quien era asistido por los alcaldes —elegidos por y en­tre los viajeros—, subordinados a él en su acción; en alguna manera las confesiones religiosas procuraban la asistencia espiritual mediante el periódico envío de clérigos, quienes administraban el bautismo, la confirmación, la comunión y demás sacramentos de acuerdo a las res­pectivas creencias en los campamentos improvisados.

La rudeza del clima y la alimentación insuficiente y desconocida, provocaron numerosas enfermedades y fallecimientos; las cruces lati­nas de dos palos atravesados, como hitos señalaron el derrotero de los fundadores como silenciosos mojones de un pueblo formado por es­peranzados peregrinos.

Finalmente, el río Volga estaba a su vista; emocionados admira­ban su inmensidad y ya sentían una extraña atracción por él ya que procedían del Rin.

Abandonaron aquí sus maltrechos carruajes y abordaron pequeñas embarcaciones fluviales, navegando a favor de la corriente, río abajo; los rusos llamaban a su gran río (Matuschka, que significa "Abuelita"), con respeto y cariño. Así surcaron una nueva vía desconocida en esas primitivas embarcaciones, sin comodidad alguna, sometidos al oleaje en molestos movimientos.

La nueva alteración del régimen alimentario trajo consigo conse­cuencias inevitables: nuevas enfermedades y más vidas que se extin­guían; en esas tristes circunstancias los veleros se arrimaban a las cos­tas para permitir a los deudos enterrar en las riberas a sus niños y an­cianos. No había tiempo para ceremonias y lamentos; el grupo de forzados colonizadores mantenía la recóndita esperanza de que el pa­raíso prometido, mitigase tanto desconsuelo e incesante penar. Estoi­camente avanzaban por el camino fluvial sin rebelarse; en su fe ar­diente y vívida clamaban constantemente a Dios implorando su so­corro y fortaleza. Acumulaban así experiencia en ese suelo de Catalina II, para sobrellevar la dura tarea que aún les esperaba especial­mente quienes desconocían el oficio de agricultores, ya que los había de toda profesión, rango y estrato social. Allí conocieron el río Volga, cuando sus aguas comenzaban a congelarse desde el norte e inmovilizaban esta ruta vital, transformándose en una pista de plata para los trineos; algo inusitado: un río inmóvil, endurecido, congelado. Luego vendría el espectáculo mayor: la pri­mavera... para ir debilitando la solidez del hielo, ver resquebrajarse esa ruta helada, con estrepitosos estruendos como truenos... Y la vida comenzaba a resurgir.

Cuando se asoma la primavera y el sol avanza aparentemente so­bre el hemisferio norte comienza el proceso del deshielo y la nieve se transforma en agua, mucha agua; el río se moviliza y la inmensa masa acuática invernal se encamina hacia el río rumbo al mar, pre­vio abundante riego, la nieve licuada se dirige hacia los cauces de los arroyos y aumenta peligrosamente el caudal del Volga, hasta que des­borda por su ribera izquierda, muy baja y cubre extensas zonas muy alejadas de sus riberas naturales, impidiendo divisar ambas orillas.

Al llegar al muelle de Saratov, —virtual capital de las Colonias Ale­manas del Volga—, todos descendieron en su puerto; en Lübeck se ha­bían embarcado 400 personas y allí ya faltaban 50 que habían falle­cido. Un año antes se habían embarcado llenos de esperanzas; pero las sorpresas y desengaños se fueron sucediendo sin término y las pri­vaciones los habían diezmado. Quedaba todavía por ver y llegar al lugar donde recibirían aquellos campos productivos, con frutos sil­vestres comestibles, y flores y pastos abundantes; casas precarias, pero con suficientes materiales para construir su aldea definitiva.

A medida que se acercaban a su destino, sus expectativas cre­cían... mientras avanzaban con moderado y lento paso por esa región desértica e inhóspita, sin árboles, sin pastos, sin flores; esperaban an­siosamente la aparición de bosques de vertientes de cristalinas aguas, que les describieron poéticamente los emisarios en Alemania; pero paulatinamente se acostumbraron a una realidad negra. Sólo, ante sus ojos, veían un cielo azul que se cortaba en un horizonte de estepa.

De pronto, el teniente como oficial de la Corona, dio la voz de ¡Alto!, ¡a desmontar!... Habían llegado al fin, a su destino.

¡Qué decepción! Una llanura sin vegetación, sin valles ni lomadas, nada de lo prometido. Muchos hubieran querido volver de inmediato a su Alemania lejana, mientras otros planearon, con estoicismo, la inmediata acción; algunos consideraban que el teniente había incurrido en un error. Pero la tangible realidad estaba a la vista: tierra árida con rala vegetación de matas bajas. Aquí debían establecer su nueva aldea, su nueva Patria.

No obstante el mal humor desatado ante la grave injusticia, la ac­ción era urgente; la proximidad del invierno exigía techo abrigado porque el invierno ruso significaba la muerte blanca. Ya corría septiembre y los primeros fríos los visitaban; conociendo la realidad que se les venía encima, preguntaron al oficial Jefe por la llegada de los constructores de las casas y por la ubicación de los materiales para erigir las nuevas viviendas para protegerse de la intemperie y escon­der sus desilusiones.

El delegado imperial, sólo se limitaba a repetir severamente que esa era la tierra cedida por la Gracia Real a la comunidad alemana de colonizadores; allí quedarían para siempre y tendrían que habituar­se a ella. Hubo lágrimas y muchos reproches, mientras se buscaba a los responsables. Al reiterar alguien la pregunta por los constructo­res, el Jefe con cierta ironía, les contestó: "Es mejor no confiarse de­masiado en ellos, pues llegarían probablemente recién en la próxima primavera; sería mejor poner manos a la obra para evitar mayores males".

Como las voces de protesta se perdían en el vacío, se tramó una tentativa secreta de regreso a la Patria nativa; el grupo de cosacos que acompañó al teniente los rodeó y sofocó fácilmente el intento, obli­gándoles a cumplir por la fuerza las órdenes del Jefe. Así pasaron su primera noche otoñal en su nueva tierra prometida; por la mañana, al iluminar el sol la estepa, muchos comprendieron su desventura y bus­caron los medios para sobreponerse a la contrariedad y salir airosos de la situación.

No quedaba otra alternativa que comenzar una nueva forma de vivir; como primera medida y conforme a los derechos otorgados, debían designar su propio alcalde o Jefe de aldea. Nuestra gente así lo hizo al recobrar su fe en la propia capacidad; ya con su propio conductor, todos escucharon los consejos de éste y recapacitaron a tiempo para resolver el problema habitacional. El fantasma del in­vierno se hallaba por delante y aunque todavía no habían experimen­tado el rigor de su intensidad, ni sus funestas consecuencias, era ur­gente instalarse para recibirlo con alguna posibilidad de supervivencia.

¿Qué hacer? ¿Sin casa, galpón o refugio y sin materiales para construirlos? Situación difícil para enfrentar y resolver; la segunda noche otoñal resultó intensamente fría. Cerca de nuestro grupo acampaba una tribu de Calmucos semisalvajes, que miraban con desconfianza a los intrusos; el lugar asignado a nuestro contingente de colonizadores se hallaba ubicado del lado derecho del Volga.

Aunque no se había realizado hasta entonces allí ningún intento de colonización organizada y masiva, se encontraban de cuando en cuando agricultores aislados, distanciados y solitarios, que vivían pri­mitivamente; de ordinario eran gente con cuentas pendientes con la policía o siervos evadidos de las fincas de sus amos. Pronto se acercaron a los alemanes para asesorarlos en lo relativo a construcciones en zonas tan desamparadas; sabían de viviendas de emergencia, pues ha­bían pasado por una situación similar al establecerse en esos páramos.

El oficial de la Corona obtuvo algunas maderas y ramas de ár­boles para nuestros colonizadores y el castigado grupo necesitaba ur­gente protección; las enfermedades y deficiente alimentación ralea­ban y hacían estragos en sus filas.

Los nativos de la zona poseían la solución inmediata a sus proble­mas; más su asesoramiento no fue gratuito porque aprovecharon el fácil medio de lograr dinero sin trabajo. Por supuesto estos aprovechados no eran de la misma calidad que aquellos con quienes habían convivido el invierno anterior, en el norte: de gran corazón y muy hospitalarios. Eran dignos representantes de un pueblo espiritual y místico, con gran sentido del arte en sus dos aspectos de música y de poesía.

En semejante adversidad la solución del problema para superar la amenaza latente del frío con sus trágicas consecuencias, era meter­se dentro del vientre de la tierra; como faltaban las cuevas naturales en la llanura, usadas por los más remotos antepasados del hombre o al estilo de los animales, resolvieron cavarlas en la tierra. Era el modo más primitivo pero también el más seguro para superar la emergen­cia como solución provisoria; fue así como los rusos les indicaron la forma y el tamaño a dar a las construcciones subterráneas, como si fueran simples sótanos.

Las ochenta familias que integraban el grupo, comenzaron ense­guida la excavación del suelo y en pocos días ya tenían lista su casa bajo tierra, experiencia singu­lar totalmente desconocida ni soñada por los nuestros. Dichas cuevas eran rectangulares de (8 x 4m3) y por tres de profundidad; más de 90 m3 de tierra debieron ser extraídos a fuerza de brazo y con una simple pala. Como techo fueron empleados troncos y ramas de árbo­les, cubiertas después con parte de la tierra extraída de acuerdo al peso que podía soportar la ramazón; esa cobertura aislaba el interior del frío dejándose, por supuesto, una abertura para la salida del humo y la ventilación necesaria.

Como puerta se aprovechaba el fondo de un carro colocado de manera que podía facilitar el acceso; los problemas técnicos fueron so­lucionados por las indicaciones de los rusos y el ingenio de los nuestros suplió hábilmente sus fallas.

Para entrar en la habitación desde el exterior debían arrastrarse incómodamente, así como para salir; pero reparemos en lo que esto significó durante los cuatro o cinco meses de nieve como resguardo seguro para un seguro refugio en que sólo los hombres podían salir al exterior unos instantes cada día para detectar posibles fallas en el techo y desplazar la nieve para evitar que hundiera la frágil techum­bre. Reconocemos, sin embargo, que era un claustro infrahumano sólo apto como vivienda para seres irracionales.

El principal problema para la improvisada habitación era la falta de luz; por la noche, un simple candil suplía la deficiencia, pero no suministraba la iluminación necesaria durante el día para los menes­teres a realizar. El vidrio no existía en la región; apelaron entonces a la traslúcida vejiga de cerdo extendida sobre el marco de madera que serviría de ventana. Así los oblicuos y mitigados rayos solares penetraron por algunas horas en el interior de la caverna expandiendo luz y calor.

Fue un invierno terrible; cuando las tormentas de nieve cerraban el orificio destinado a ventilación y tiraje del humo, la permanencia en dicho infierno se hacía insoportable; niños hubo que murieron al ins­pirar o aspirar ese aire viciado. Salir de una región de Europa con las mayores comodidades relativas para la época, para sepultarse en un lejano y despoblado yermo; sin experiencia para ello, se conside­raban abandonados del mundo y por la Emperatriz Catalina II, no obstante su altisonante título de "La Grande" y su procedencia ale­mana.

¡Cuántos reproches se hacía cada uno...!; pero con singular em­pecinamiento y sin darse tregua buscaron y lograron sobrevivir; des­pués de las primeras heladas intensas, cuando los arroyos se endure­cían y congelaban totalmente y la tierra se cubría con espeso manto de nieve, un comarcano, viendo las difíciles circunstancias en que se de­batían los recién llegados, les dio una muy útil sugerencia, indicándoles que debían cortar de la superficie congelada del arroyo, un trozo con el tamaño de la ventana improvisada que tenían sobre sus techos y al colocarla sobre el molde echarle agua para que soldara con el marco al congelarse. Así el hielo reemplazó al vidrio y con su trans­parencia se iluminaba mejor la casa subterránea.

Corrían así los días en la ignota región y los pobladores absorbi­dos por la tierra denotaban su presencia por las pequeñas elevaciones o montículos de tierra amontonada sobre los techos; mas, todo llega a un fin y para los nuestros, el término del infierno blanco era significado por el goteo de la ventana de hielo y su inesperada caída, por la acción del añorado sol de la primavera. Cuando sus primeros rayos penetraban por el reducido espacio de la ventanilla era señal que la vida comenzaba en el exterior; por fin, también los ancianos y los ni­ños podían salir al exterior y sacudir su cansada espera en su mísero encierro.

En el exterior les esperaba el trabajo duro y hasta los rayos de un sol abrasador; porque en Rusia las variaciones climáticas son extremas; mucho frío invernal y abrasador estío, pero ya no pasarían otro invierno enterrados vivos en medio de esos inaguantables sacri­ficios; su iniciativa y diligencia pronto superarían el problema”.

De los 400 pioneros que partieron en la primera caravana de 1763 sólo llegaron a destino 350. Los restantes murieron durante el trayecto a causa del frío y las privaciones”.

La primera aldea fue fundada el 29 de junio de 1764 con el nombre de Dobrinka.

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Conociendo el río Volga

Río de Rusia occidental, el Volga es el más largo de Europa, con una longitud de 3.531 Km. Nace de un pequeño lago entre las colinas Valdái. Fluye primero hacia el norte hasta las proximidades de Moscú, después hacia el sureste hasta llegar a Kazan, y desde aquí al sur hasta Volgogrado. Desde esta ciudad continúa su recorrido en dirección sureste hasta su desembocadura en el mar Caspio. Sus afluentes principales son el Kama, el Samara, el Oká y el Vetluga. La cuenca del Volga y sus afluentes ocupa un área de 1.450.400 Km2. El río lleva un volumen de agua de 8,05 millones de litros por segundo, y es navegable casi en su totalidad desde marzo hasta mediados de diciembre. Durante los meses de mayo a junio su caudal aumenta a causa de los deshielos primaverales, aumentando el riesgo de que se produzcan grandes crecidas. Una serie de canales comunica el río con el mar Báltico (el canal Volga-Báltico), el mar de Azov, el mar Negro, el río Don (el canal Volga-Don) y con Moscú. En los brazos inferiores del río se hallan las mejores áreas de pesca. Iván IV reclamó en el siglo XVI el valle del Volga para Rusia.

 

 

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