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hilando recuerdos

Comienzan las frustraciones

Los oscuros designios de Catalina II La Grande

Investigación especial V

Cuando los colonizadores alemanes arribaron a tierra rusa no sólo comprendieron que el Manifiesto no era más que un simple papel sin ningún valor ni garantía sino además descubrieron que el Gran Imperio Ruso estaba dos siglos atrasado respecto de Europa, con más de veinte millones de habitantes viviendo en la más absoluta servidumbre, y una nobleza apenas culta.

El proyecto colonizador de Catalina II La Grande escondía un oscuro e inconfesable designio que fue hábilmente llevado a la práctica mediante del Manifiesto emitido el 22 de julio de 1763 que prometía una sarta de mentiras inteligentemente hilvanadas mediante derechos y deberes que nunca se cumplieron, para atraer a las lejanas tierras rusas a colonos europeos desesperados por escapar de la miseria, la pobreza y el hambre. Un vil propósito que sólo les fue revelado una vez que éstos ya se encontraban perdidos y sin posibilidad de retorno en la inmensa vastedad del Imperio. El plan real no era colonizar tierras próximas a un vergel sino la indómita región del bajo Volga, con la intención de oponer una muralla humana para contener las periódicas invasiones de quirkisios, calmucos y bashkirios: tribus nómades y sanguinarias que mantenían en serio peligro la estabilidad de las ciudades-fortalezas fundadas en la zona.

Era un lugar ocupado por delincuentes, por siervos expulsados por sus amos y desertores militares. También era sitio adecuado para agricultores que escapaban del abuso de los terratenientes o nobles que los explotaban inhumanamente. Los abusos de los poderosos convertían al inhóspito bajo Volga en escondrijo para vivir con cierta libertad, aunque en un estado semisalvaje. El pueblo oprimido de Rusia, no hallaba mejor forma para hacer justicia que agruparse en bandas marginales de la ley, esperando el surgimiento de líderes rebeldes que conquistaran el favor de las masas populares.

“Jefes de bandas armadas que sembraron verdadero terror en la zona”, relatan los historiadores Popp y Dening. “Uno de los más conocidos fue Dogtjarenko, desertor de un regimiento de húsares, que realizó una larga campaña de latrocinios, aunque a veces, a sueldo de personas importantes que se enriquecían con un porcentaje en los robos y saqueos. Asimismo recurría a crímenes para eliminar a quienes consideraba sospechosos o posibles testigos. Otro personaje legendario en el Volga, fue “Schagala”, cuyo verdadero nombre era Vassily Poljakow. Las bandas de ladrones tuvieron sobre ascuas a los colonos alemanes durante casi un siglo.

Es imposible omitir el nombre de Jemelian Pugachev, uno de los jefes de banda más sanguinarios, surgido en la primera época, en el sur de Rusia; su nombre aterrorizó a los colonos alemanes aún después de que el gobierno lo ahorcara en Moscú el 15 de enero de 1775.

Esta rebelión preocupó seriamente al Gobierno Imperial, por lo cual destinó fuerzas militares para contener su avance y destruirlo; para los colonizadores alemanes esta intentona agresiva, les significó desprestigio y sufrieron sus consecuencias legales y morales por mucho tiempo. Algunos se plegaron a Pugachev en su desesperación, siendo algunos de ellos tomados prisioneros por los soldados imperiales; por lo tanto, los germanófobos rusos aprovecharon la ocasión para desacreditar a toda la colonización”.

Asedio de tribus asiáticas: los calmucos y los quirkisios

Los calmucos, de origen mongol, fueron un grupo de cos­tumbres nómades. Eran como una mala sombra que aparecía cuando menos se la esperaba, instalándose a la vera de las aldeas —a cierta distancia—, con sus sistemas de carpas, de las cuales salían a mendigar durante el día y espiar la ubicación de cuanto pudieran apetecer.

Los calmucos fueron considerados los ladrones más expertos co­nocidos, aunque de procederes pacíficos; de día trataban de hurtar todo lo posible y por la noche cometían los robos mayores; su hábito negativo mayor, era el de apoderarse de los caballos y del ganado. Aunque no fueron sanguinarios, resultaron muy dañinos por su gran habilidad en hurtar cualquier elemento al alcance de su mano; los robos de animales por la noche no era lo más grave. Pues si bien ello podía paralizar a los colonos por privarlos de su medios de trac­ción y movilidad, es voz común que robaban criaturas pequeñas, lo cual se transformaba en verdadero cuadro de horror familiar; pues los niños desaparecían sin dejar rastros.

Otra causa de temor eran los quirkisios, de raza tártara. Según Beratz mantuvieron en permanente zozobra a toda la zona colonizada. Aparecían como en malón lanzando gritos salvajes y mien­tras unos se dedicaban al saqueo, los demás secuestraban a los hom­bres útiles para el trabajo, los ataban entre si y los llevaban prisioneros, para conducirlos luego a través de la estepa rusa turquestánica hasta la frontera con China, para ser vendidos en el mercado de esclavos de Buchara.

Separados del mundo, los alemanes del Volga se mantuvieron unidos a toda costa; el único recurso para mantener su moral fue su confianza en Dios. La iglesia fue siempre el refugio en los momentos de tribulación para este pue­blo silencioso, cuyo objetivo fue crear su familia en paz y consolidarla en el trabajo honesto.

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