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hilando recuerdos

Una postal inédita de Pueblo San José: La imagen rememora el momento en que se estaba erigiendo el ahora ex internado de Pueblo San José. Cuánta nostalgia y cuánta historia nos viene a la mente al observar esta fotografía. Un tiempo que se fue para siempre y que ya no volverá. Por los años que se marcharon nada podemos hacer, pues es pasado y el pasado no retorna jamás. Pero sí podemos rescatarlo de la memoria y perpetuarlo en el recuerdo a través de archivos o de trabajos literarios como el que está desarrollando Periódico Cultural Hilando recuerdos y legarlo a las generaciones futuras para que tengan presente el sacrificio que alguna vez realizaron sus antepasados para construir la patria que tenemos (Pueblo San José).

¡Qué tiempo maravilloso el tiempo de la juventud! La imagen rememora una reunión de amigos llevada a cabo en el bar de Mario Roth, que estaba ubicado en el lugar donde actualmente funciona el quiosco de “Cacho” Graff, sobre Avenida Alemanes del Volga, frente a la Delegación Municipal (Pueblo San José).

Comisión Pro-Centenario de la Iglesia Natividad de María Santísima: Comisión que tuvo a su cargo la organización de los festejos conmemorativos del centenario de la iglesia de Pueblo Santa María, en septiembre de 1998. La misma estaba integrada por: Asesor: Padre Federico Mayer; Presidente: Pedro Benito Graff; vicepresidente: Juan José Streitenberger; secretaria: Regina Streitenberger; prosecretaria: Nélida Ester Reeb; tesorero: Ángel René Graff; protesorero: César Marcelo Schwerdt; Vocales: Salvador Schneider, Perpetua Waiman, Haydee Burgardt, Elida Schneider, Fermín Reeb, Oscar Baumgertner, Jorgelina Lauer, Irma Maier, Laura Hergenreder, María Streitenberger; revisores de cuentas: Pedro Ceferino Streitenberger y Goyo Streitenberger (Septiembre 1998 - Pueblo Santa María).

Hermanas religosas que desde la Escuela Parroquial Santa María marcaron una época. Dejaron una historia indeleble con su trabajo pastoral, que incluía la enseñanza, educación y cientos de tareas más que colaboraron en darle identidad a los pueblos alemanes (Fotografía del pasado de Pueblo Santa María)

La visita del diablo

 

Según opinión de las personas honradas de la sociedad, Fritz tenía una virtud y dos defectos. La virtud: trabajaba como un condenado para mantener a una esposa que no sentía ningún remordimiento en malgastar el dinero que su marido ganaba en lujos superfluos e innecesarios. Los dos defectos: el primero, bebía hasta agarrarse tal peludo que perdía la conciencia de lo que hacía; segundo, ya en pedo, visitaba a la viuda Analisie para cabalgar sobre ella hacia un vertiginoso sueño que siempre llegaba muy de madrugada, cuando, exhausto, quedaba dormido abrazada a las carnes de la mujer.

Todo el pueblo lo sabía. Por eso a nadie le sorprendió cuando un sábado a la medianoche mientras Fritz bebía en el bar, uno de sus amigos le comentó:

-Una de estas noches el diablo te va a visitar en la casa de la viuda para compartir tu lujuria.

Fritz, borracho, lo observó detenidamente, agitó la cabeza, y con la lengua dura como un cartón, murmuró:

-¡Esos son cuentos de viejos!

Sonrió y continuó bebiendo.

Su amigo también sonrió. Codeó a su compañero y ambos se incorporaron.

-¿Se van?- preguntó Fritz.

-¡Sí!, es tarde -respondieron casi al unísono.

Salieron del bar. A unos doscientos metros tenían estacionado un Ford T. Joseph y August, así se llamaban los dos hombres, se subieron al vehículo para desaparecer en la oscuridad de la noche, dejando en el traqueteo del motor del Ford T que se alejaba, el balar de una oveja y el ladrido de un perro.

Fritz terminó de beber. Pagó la cuenta. Tambaleando, y en zigzag, caminó hacia la casa de la viuda. Marchaba con los ojos lujuriosos y el cuerpo ardiendo de deseo carnal. Ingresó en la casa y a la cama de la viuda sin ningún tipo de preámbulos, desvistiéndose en el trayecto, tropezando con sus propios zapatos, sus pantalones, su calzoncillo... Llegó al borde del lecho extenuado. Respiró hondo y, como pudo, se tiró encima de la mujer que lo esperada desnuda.

Comenzaron los jadeos, las risas, el trajinar del elástico de la cama... Mientras en la puerta del frente de la vivienda entraban dos sombras, Joseph y August. Arrastraban tres enormes bultos. Con sigilo se acercaron a la puerta de la habitación donde Fritz relinchaba como un potrillo brioso a punto de perder el aliento... Lentamente desataron los bultos y los hicieron ingresar a la pieza. Y fue como si de pronto se hubiese desencadenado el Apocalipsis. Los amigos de Fritz habían soltado dos carneros y un perro que, en la oscuridad, los perseguía destrozando la habitación. Los pobres carneros, en su afán de escapar del perro, se llevaban por delante todos los muebles, destrozando el ropero, mesas de luz, quebrando incluso una de las patas de la cama donde Fritz y la viuda, desnudos y perplejos, gritaban desesperados ante tamaño caos, sin entender ni ver lo que sucedía.

-¡Mi Dios! ¿Qué pasa?- gritó Fritz que, al intentar salir corriendo, fue embestido por uno de los carneros que le propinó tal topetazo con la cabeza que lo arrojó contra la pared.

Súbitamente estallaron los cristales de la ventana y los desorientados intrusos escaparon.

 

 

Abuelo

Cuando el abuelo envejeció, la memoria se le llenó de recuerdos y la nostalgia anidó en su alma como un pájaro herido. Los ojos profundamente celestes se colmaron de melancolía y el rostro se le pobló de finísimas arrugas. El cuerpo cedió y se encorvó como un árbol centenario inclina su tronco al paso de los años. Sus manos temblaban y sus movimientos eran inseguros. De tan frágil que era, siempre había que velar por su salud. Demasiado frío, le hacía mal. Demasiado calor, también. De la comida, ni que hablar... nada de sal, poca carne, mucha verdura... y sin embargo, jamás se quejó. Aceptaba la realidad tal como era. Poseía una enorme fortaleza y un arraigado orgullo bien entendido. "Muss mer alles nehme wis kommt", decía. "Der Herr Gott wos wasser macht". (“Se debe tomar todo como viene” – “Dios sabe lo que hace”)

El abuelo era comprensivo y noble y nos llenaba el alma de historias. Sentado sobre su falda aprendimos que existe un río lejano y misterioso llamado Volga y una aldea de ensueño donde él nació. Nos enteramos que un día se hizo a la mar para venir a la Argentina. Supimos de su secreta tristeza y de su hondo dolor, porque allá, allende el mar, quedó sus parientes, que nunca volvió a ver. Y nos emocionamos escuchándolo cantar melancólicas canciones que hablaban de amores imposibles, de despedidas y adioses permanentes.

El abuelo era dulce y tierno. Sabía comprendernos y era nuestro compinche cuando había que guardar un secreto, sobre todo si cometíamos alguna diablura de la que no tenían que enterarse mamá ni papá. Compartía nuestros juegos, nos enseñaba juegos nuevos, y nos miraba hacer la tarea, satisfecho de que sus nietos pudiéramos estudiar y ser alguien en la vida. Ya que el pobre abuelo solamente había podido estudiar hasta segundo grado y por eso, apenas si sabía leer y escribir. Pero eso no nos importaba, sabíamos que él era un hombre bueno y que era el mejor abuelo del mundo. Con el tiempo aprendimos que el poseía el más sabio de los conocimientos, que es la sabiduría que da la vida.

Estábamos tan unidos al abuelo que nunca pensamos que un día tendríamos que separamos: aún éramos muy niños para saber que hay una ley de la vida que dice que toda existencia humana tiene un límite y que ese límite es la muerte.

Y un día nos despertamos con la noticia de que el abuelo había fallecido. El mundo mágico, ese universo de cristal y cuento de hadas, se deshizo de golpe, se rompió para siempre. Sentimos un gran vacío y una tristeza que parecía no tener consuelo. Ni siquiera en los brazos de mamá pudimos comprender por qué Dios se llevaba a nuestro abuelo.

Enojados con el destino, junto a la familia velamos su cuerpo y acompañamos sus restos al cementerio, llorando desconsoladamente.

Frente a su tumba, y antes de marchamos, prometimos ser todo lo que el abuelo esperaba de nosotros, para que pudiera sentirse orgulloso de sus nietos. También prometimos que nunca lo íbamos a olvidar. Promesa que cumplimos, al escribir este relato.

 

Las manos del abuelo

 Manos curtidas, saturadas de cicatrices, que parecen jeroglíficos inmortalizados durante la juventud, cuando en largas jornadas, de sol a sol, al laborar la tierra, el rudo trabajo las tiñó de polvo y sudor y el arado las lastimó desgarrando la piel, marcando heridas sobre la carne, con letras de sacrificio y sílabas de sueños.

            Trabajo y ternura. Entrega y desinterés. Las manos del anciano, temblorosas y ajadas, son dos aves viejecitas que descansan sobre el regazo extrañando el vuelo de la libertad, cual dos torcazas acurrucadas en la tibieza de su nido evocando el cielo de antaño, cuando, trémulas de ansiedad, acariciaron la mejilla de una novia, una esposa, o temeroso de hacerle daño arrullaron a un hijo recién nacido. Dos torcazas viejecitas, que en su nido, sobre las piernas, descansando en la raída tela de un gastado pantalón, acompañan al anciano que, sentado en el portal de una casa cualquiera, con los ojos húmedos de lágrimas, espera un imposible, rememorando los años idos y los seres que se fueron y jamás volverán.

Los ojos de mamá

Tenía en los ojos el celeste del cielo pintado con crayones de ternura; eran diáfanos y transparentes como un amanecer de verano; claros y puros como bellos y dulces el mirar de los ángeles; comprensivos como solo los de una madre pueden serlo.

Tenía en la mirada la dignidad que conceden los valores más nobles, esos que nos llenan el alma de fortaleza en la hora más difícil y dramática y nos hacen levantar y volver a empezar una y otra vez y otra vez y otra vez...; esos que nos abrazan sin necesidad de palabras; esos que nos iluminan el espíritu aun en la soledad y en el recuerdo; esos que nos hacen llorar amargamente cada vez que rememoramos la niñez y pensamos en mamá y evocamos aquel día en que, próxima a morir, nos pidió: “No me olvides. Piensa en mi. Recuérdame en los momentos difíciles. No mires hacia atrás, hacia el pasado, porque siempre estaré a tu lado acompañándote. No me llores. Pero, por favor, no me dejes morir en el olvido. No quemes las fotografías ni tires los objetos que atesoro en mi caja de memorias. Consérvalas. Algún día me extrañarás y agradecerás haberlas guardado porque te servirán para aplacar tu nostalgia. Y una última cosa te pido: quiéreme mucho. Hoy, mañana y siempre... ¡quiéreme mucho, hijo mío!”.

La casa donde nacimos

La casa de mamá tenía un cielo de estrellas y una luna de ensueño donde uno podía pedir cualquier deseo y éste irremediablemente se volvía realidad. En casa de mamá, cuando éramos niños, “veíamos” a Melchor, Gaspar y Baltasar recorriendo el patio montados en sus camellos luego de dejarnos los regalos de reyes; al conejito de Pascua dejando en los niditos que armábamos con cajas de zapatos y papel recortado, una infinidad increíble de huevitos de chocolate y golosinas; al Pelznickel (Papá Noel) entrando en la cocina arrastrando cadenas mientras nos asustaba gritando “¿Dónde están los niños malos?” y al Christkindie (Niño Jesús) llenándonos las manos de sorpresas y bendiciones...

La casa de mamá olía a pan casero, a café con leche, a sabrosas comidas tradicionales, a chucrut, a pepinos en conserva y mil olores más que al recordarlos nos llenan el alma de ternura y el corazón de nostalgia y añoranza. Porque unidos a ellos está la imagen de mamá cocinando, lavando la ropa, cociendo, tejiendo, bordando, enseñándonos a escribir, compartiendo un secreto, ayudándonos a crecer... y está también la imagen de papá, tan serio y tan formal, pero en el fondo tan bueno y tan dulce, trabajando el campo, arando, sembrando, tejiendo sueños para el futuro de sus hijos... y los interminables atardeceres de invierno, en los días de lluvia, sentados alrededor de la mesa comiendo Kreppel, haciendo la tarea escolar, esperando que el tiempo pase y poder volar y poder crecer y poder ser grandes como mamá o papá.

Evocar la casa de mamá es recordar nuestra casa de la niñez, su enorme corredor donde jugábamos durante las siestas de verano, el patio inmenso, donde conquistamos los primeros sueños y concretamos nuestras primeras aventuras imitando los ídolos infantiles... y también es recordar la angustia del momento que dijimos adiós para marchamos y hacer nuestra vida, las lágrimas de mamá y el abrazo fuerte muy fuerte y silencioso de papá al despedimos y desearnos la mejor suerte del mundo... y el inesperado regreso a la casa cuando hubo que decirle adiós para siempre a nuestros queridos padres.

La casa de mamá en la colonia está poblada de recuerdos, llena de afectos inolvidables; pero está vacía, porque ya no están mamá ni papá ni nuestros hermanos. Está dolorosamente vacía.

Los recuerdos de la infancia

A veces tengo la sensación de que los recuerdos de la infancia quedan marcados en la memoria como las huellas de la historia en las paredes de las rocas, en sus distintos estratos. Sobre todo en las paredes de las viviendas que habitamos y en las que fuimos profundamente felices. Allí permanecen grabados los sentimientos y las sensaciones que nos hicieron crecer y desarrollar el espíritu.

Por eso volver la mirada al pasado es como realizar un trabajo de antropología, es desenterrar partes de nuestro ser que la fuerza cotidiana con sus hechos inmediatos esconde en el baúl de la memoria. Es abrir ese baúl y reencontrarnos con nosotros mismos. Con nuestros viejos sueños, nuestros antiguos ideales... nuestro pueblo de calles de tierra revestido de progreso y esperanza. Es comprender que la vida transcurrió y que en alguna parte, oculta e íntima, todavía conservamos ese niño que alguna vez fuimos. Ese pequeño que en alemán hablaba de cambiar las cosas y de luchar por valores que valieran la pena.

Y es cerrar los ojos y encontrarse frente a la casa donde nacimos, aún con su fachada de adobe, color barro seco de tanto robarle al sol su calor. Recordar el aroma de pan que surge del horno de barro; los tomates de la huerta y los frutales de la quinta...

Es revivir aquellos caminos por donde nuestros pasos de niño corrían alocados jugando con los amigos y las paradas que hacíamos en el “almacén que tenía de todo”, desde la bolita más hermosa hasta la figurita más buscada. Es saber que el tiempo no cambió nuestra esencia. Que en la casa todavía sobrevive la canción de cuna; las tardes de juegos luego de hacer los deberes... y que en alguna parte secreta de la vivienda permanecen escritos nuestro nombre junto al de nuestro primer amor.


La vida privada de la mujer alemana del Volga

La vida privada de la mujer alemana del Volga

La obra es la puesta en perspectiva histórica de la vida privada de la mujer alemana del Volga desde el punto de vista psicológico y filosófico. Reconstruye su pasado haciendo una descripción y un análisis de su yo privado. Indaga en los espacios, a veces muy restringidos, de su vida, y en la responsabilidad, o no, que tenía de sus actos, en un universo social basado en el patriarca, en donde el hombre tenía el control de todo y era el centro alrededor de cuyo poder se desarrollaban las costumbres y tradiciones. En el cual la mujer era considerada en la mayoría de las veces un actor secundario sin ideas, sentimientos y deseos propios. Sobre todo en los órdenes social, económico y sexual. Nunca fueron totalmente libres para elegir sus destinos y jamás para escoger una profesión. Estaban permanentemente condenadas a ser hijas, esposas, madres y abuelas. Y en cada caso, ser ejemplo de virtud. Siempre inmaculadas y puras. Nunca debían ni podían equivocarse. Porque esto equivalía al escarnio y el aislamiento social.

Este libro desarrolla algunos tópicos inéditos dentro de la bibliografía de los alemanes del Volga, como “La sexualidad marital”, “Relaciones conyugales”, “Procreación y placer sexual”, “Los oprobios del sexo”, “La violencia sexual”, “La soledad de las mujeres”, entre muchos otros.

Por todo esto, esta obra es un homenaje a la vida privada de las abuelas alemanas del Volga.

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¿Cómo adquirir la obra?

Enviar un giro postal por un valor de $18 (que es el costo del libro) a la siguiente dirección:

Julio César Melchior

Bartolomé Meier 1462

7541 – Pueblo Santa María

Partido de Coronel Suárez

Provincia de Buenos Aires

Y el libro se le será enviado inmediatamente mediante el sistema de contra reembolso.

O ante cualquier duda, enviar unas líneas a la siguiente dirección de correo electrónico: hilandorecuerdos@hotmail.com o juliomelchior@sanjosecoop.com.ar.

Historias para el olvido

Historias para el olvido

El hombre anhela conseguir el absoluto y la eternidad llevando a cabo actos que, a la luz de la racionalidad, parecen descabellados e irracionales, pero que, a los oídos de su conciencia y de su alma, resultan una liberación. Un acto de libertad suprema. Un acto místico y desgarrador que le permite volver a ser, aunque más no sea por un espacio de tiempo infinitesimal y ridículo frente al abismo de la infinitud de la existencia cósmica, nuevamente un ser humano integro. Con sus virtudes y sus defectos verdaderos. Sin máscaras y sin velos de moralidad teñida de religiosa hipocresía.

He aquí, en esta obra, las historias que nadie se anima a contar, los relatos de hombres y mujeres que merecen un lugar en el recuerdo. Porque, a pesar de todo, de la angustia, de la agonía, del sufrimiento, intentaron ser felices. Si no lo consiguieron, no pudieron, o no supieron cómo, no es culpa suya ni tampoco está en nosotros el juzgarlos. Tampoco los condenemos. Solamente acompañémoslos durantes estos breves relatos que rememoran ese instante trascendente en que forjaron una remembranza imperecedera, en que concretaron ese acto absoluto y eterno que sobrevivirá en la memoria colectiva para siempre.

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¿Cómo adquirir la obra?

Enviar un giro postal por un valor de $18 (que es el costo del libro) a la siguiente dirección:

Julio César Melchior

Bartolomé Meier 1462

7541 – Pueblo Santa María

Partido de Coronel Suárez

Provincia de Buenos Aires

Y el libro se le será enviado inmediatamente mediante el sistema de contra reembolso.

O ante cualquier duda, enviar unas líneas a la siguiente dirección de correo electrónico: hilandorecuerdos@hotmail.com o juliomelchior@sanjosecoop.com.ar.

Historias para leer con el corazón

Historias para leer con el corazón

Julio César Melchior se acercó a mí y me dejó un borrador de este ejemplar, “fíjese si le gusta” me dijo tímidamente; al cabo de leer las primeras páginas supe que este era un libro necesario. Un relato que lleva a redescubrir a los Alemanes del Volga hurgando en las raíces de la psicología humana; una mirada diferente formulada a través del estilo apasionado de un hombre que se atrevió a creerle a Dios.

Me parece más que oportuno que este libro vea la luz, ya que está escrito desde alma, y se nota.

Fundamentalmente un libro que no está basado en experiencias del todo ajenas, sino en sus propios sueños. Si uno escucha atentamente el vocabulario de cualquier persona, se da cuenta de que se repiten ciertas palabras que son como claves de su personalidad; al decir de Valery: “La voz de cada uno evita algunas palabras y articulaciones de tonos, en la búsqueda de otras; no puede soportar ciertas durezas, prefiere determinadas resistencias o facilidades”. Lo que Julio elige nombrar de esta realidad habla acerca de lo que le interesa de este mundo; la manera como se expresa algo, demuestra de que lado se está. Julio está sin dudas del lado de la gente sensible, del lado de quienes sufren, y fundamentalmente del lado de quienes son capaces de amar profundamente.

Recibamos con gratitud esta nueva obra de la pluma de un hombre que se atrevió a retar su propio destino, superando con éxito el desafío, ya que como dijera algún poeta “El secreto del artista es convertirse en alguien mejor, gracias a su obra”.

Julio César Melchior es un claro ejemplo a seguir.

G.M.

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¿Cómo adquirir la obra?

Enviar un giro postal por un valor de $18 (que es el costo del libro) a la siguiente dirección:

Julio César Melchior

Bartolomé Meier 1462

7541 – Pueblo Santa María

Partido de Coronel Suárez

Provincia de Buenos Aires

 

Y el libro se le será enviado inmediatamente mediante el sistema de contra reembolso.

O ante cualquier duda, enviar unas líneas a la siguiente dirección de correo electrónico: hilandorecuerdos@hotmail.com o juliomelchior@sanjosecoop.com.ar.

 

 

 

Títulos de tapa

Edición especial con recuerdos de las colonias enviados por lectores de todo el país

Páginas 10 y 11

Periódico Cultural Hilando recuerdos se ha transformado en material de lectura y consulta de familias radicadas en diferentes puntos de la Argentina. De esta manera han llegado a la redacción del periódico varias notas que rememoran la infancia que estos lectores vivieron en las colonias antes de partir a lugares muy lejanos de su tierra natal.

Mis queridos abuelos

Página 8

El presente de hoy está hecho, entre otras cosas, de pequeños y gratos recuerdos de instantes pasados. Todo niño tiene infinitas imágenes de otros tiempos y yo como todos mis hermanos y primos guardamos de las colonias los mejores recuerdos. Todos ellos vividos, comidos, dormidos, bailados, festejados y llorados en la casa de nuestros

Apareció la Segunda Edición del libro “La vida privada de la mujer alemana del Volga”

Luego de alcanzar un sensacional éxito de ventas, ya está en la calle la Segunda Edición del libro del escritor Julio César Melchior que cambió la historia de ver el pasado de las mujeres de las colonias. Una investigación inédita jamás realizada sobre la vida privada de la mujer alemana del Volga desde el punto de vista psicológico y filosófico. Abarcando los órdenes social, económico y sexual de su existencia.

 

Fotografías de Pueblo Santa Trinidad, San José y Santa María

 Páginas 6, 12 y 18

 

Catalina Leonhardt, Rosa y Carlos Sanfereiter y Cristina Leonhardt (Gentileza de Catalina Leonhardt).

 

José Berger, Luis Schmidt, Carlos Appelhanz, Raúl Baier y Juan Schmidt, parados frentes al bar que perteneció a don Buch y estaba ubicado en calle 9 de Julio, en Pueblo Santa María. (Gentileza Raúl Baier).