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hilando recuerdos

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Tradiciones argentinas que asimilaron los alemanes del Volga

La taba

Segunda parte

Introducido en la Argentina por los españoles, se difundió muy pronto entre el paisanaje cuando los hombres se reunían en la pulpería en momentos de descanso o en reunión de cuadreras. La taba es un hueso de la pata de los animales, con un lado cóncavo y el otro plano. Más exactamente, la taba es el hueso astrágalo del vacuno y lleva en la mayoría de los casos un enchapado en sus extremos superior e inferior. Relata Armando Vivante que la taba se colocaba "sobre la palma de la mano abierta, tendido el brazo en leve recogimiento, fija la mirada en un punto convergente, donde, sin duda, van a unirse la intención, la baquía, la vista y el movimiento estético, en cuyo acto la imaginación se cierra en un sólo pensamiento: clavar el hueso". Los primeros antecedentes de la taba datan de 1639 cuando don Gaspar de Salinas, gran caballero de Córdoba, lo menciona en un escrito.

De la taba, dice el Diccionario de Autoridades (1726-1739) que, es un "Huesecillo que tiene el animal en el juego de la pierna. Parece que se tomó de la voz latina Tibia. Talus. Astragalus" y añade que “es un juego que usa la gente vulgar, tirándola por alto al suelo, hasta que queda en pie por los lados estrechos”.

A este juego de la taba es al que se refiere el gran escritor español Quevedo (1626) cuando cuenta que “Pasaron la tarde en jugar a la taba mi tío, el porquero y el demandador; éste jugaba misas como si fuera otra cosa. Era de ver como se barajaban la taba: cogiéndola en el aire al que la echaba, y meciéndola en la muñeca, se la tornaban a dar. Sacaban la taba como de naipe para fábrica de la sed, porque había siempre un jarro en medio".

A Rodrigo Caro, en un pasaje de sus “Días geniales o lúdicos” (1694), le parece que, a las tabas, los griegos las llamaron astrágalos y los latinos talos. Más adelante, en la misma obra confirma las denominaciones. En el Museo Británico hay una estatuilla de tarracota con dos figuras de mujer que juegan a las tabas. Procede de Capua (Italia) y data del siglo III a. de C.

Caro define a la taba como "aquel hueso que los animales bisulcos o patihendidos tienen en la coyuntura baja de las manos a la que llamaron los griegos astrágalos, los latinos talus, los españoles tabas o carnicol, los franceses osselet, los flamencos pickelsteen." Afirma, basándose en Platón, que el inventor del juego de la taba fue Theuth, creador de los juegos de fortuna de donde "se deriva la voz de tahúr con que denotamos a los que juegan ansiosamente". Dice que Noé jugó a la taba y también Júpiter. "Y todo esto no lo digo a otro fin que su mucha antigüedad". También sostiene que a la taba jugaron los niños y llamaban "muger, que es lo mismo que mocoso, a los que no jugaban bien a este juego".

El mismo autor (Caro, 1694) trata sobre el modo de jugar y supone que las tabas que se utilizaban eran las sacadas de los animales "o a su imitación hechas de diferentes materias, como marfil, oro, plata, etc.". El número de tabas era, de ordinario, cuatro, aunque se jugaba también con una y para evitar las fullerías no tiraban las tabas con la mano, sino tenían un vasito que llamaban "pyrgo, turricula o fritillo, el cual tenía dentro unas como gradas o escaloncillos... y las arrojaban sobre una tabla que llamaban alveolo." A la cara de la taba "que hace algo de hinchazón o barriga la denominaban Venus". La cara contraria "que hace una concavidad y es algo llana, le llamaban Canis, Chuis, Planus, Vulturius, etc...". A la cara con figura en forma de S la llamaban quaternion y la contraria ternion. En cuanto a los nombres "actuales" (año 1694) los designa como "taba, carne, chuca y culo".

Introducido en la Argentina por los españoles, se difundió muy pronto entre el paisanaje cuando los hombres se reunían en pulperías en momentos de descanso o en reunión de cuadreras.

En la actualidad continúa teniendo su apogeo en las estancias argentinas. Difícil es que en un establecimiento de campo, un día de entretenimientos, no se "tire" la taba.

¿Cómo se juega?


Se juega entre 2 personas y se prepara un campo de juego que se caracteriza, especialmente, por un terreno blando y un poco húmedo llamado "queso". Este queso se divide en 2 partes, mediante una línea bien marcada. A partir de esa línea cada jugador debe tomar una distancia de aproximadamente 6 metros, se enfrentan y cada jugador toma su posición para lanzar la taba (hueso de vaca) hacia el queso y debe pasar la línea hacia el lado contrario. Si no sobrepasa la línea, repite el tiro. Luego de ejecutado el primer tiro por ambos jugadores, se analiza quien ganó.
La taba puede caer en diferentes posiciones: con la parte lisa hacia arriba: suerte y es ganadora; con la parte hueca hacia arriba: culo y es perdedora; en forma vertical, llamada pinino (jugada popularmente conocida entre los alemanes del Volga como clavada), y es siempre ganadora.

Cualquier otra posición en que caiga la taba no es válida. Además participan varios apostadores, que juegan al tiro de quien ellos elijan. Normalmente las apuestas son por dinero, pero también se apuestan otros bienes o pertenencias.
El juego se realiza en lugares de tierra, es por eso que el "queso" es preparado con mucha humedad y es blando.

Sistema de apuestas: el canchero será el que recibirá las apuestas... pueden apostar los jugadores al tiro, y los espectadores a cada contrincante. El sistema es así: un jugador apuesta una suma de dinero al tiro, si sale suerte o pinino, gana; si en cambio la taba cae de "culo", pierde automáticamente; pero si cae de costado, le toca el tiro al adversario... lógicamente se tira hasta que uno gana y se pueden ir subiendo las apuestas a cada tiro. Los jugadores, al igual que en cualquier juego, compiten en categorías. Por lo general se muestra la categoría en la forma de tirar el hueso: los expertos suelen "clavar" la taba, en cambio los no tan duchos, la lanzan y la taba da unos cuantos tumbos antes de frenarse.

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El término taba

Algunos autores sostienen que la palabra proviene del griego astrágalos y del latín talus que significaban en ambos idiomas tanto taba como dado. Existió en Roma la lex tallaria contra los que jugaban abusivamente a los dados.
Otros autores afirman que la voz « taba » hace referencia a la manera de manipular estos huesitos y que debió ser el primer cubilete árabe que en dicha lengua se llama tabba o kaba. Y es probable que hayan sido ellos quienes introdujeron la palabra en España durante su larga dominación desde el año 711 al 1492.

 

 

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Nostalgia de una niñez sin abuelos

 Recuerdos que nunca se borran

 Colaboración de María Alicia Ruppel

 Nunca antes me lo había planteado tan seriamente, pero hoy he querido sacarlo a la luz porque siento nostalgia de algo pasado que no volverá a repetirse.

Siempre se tiene en mente a los abuelos, son recuerdos que nunca se olvidan (lo sé por experiencia de la vida).Yo no tuve esa suerte como otros niños con sus abuelos, me hubiera gustado tener ese mismo cariño.

La relación con los abuelos es maravillosa sobre todo cuando se puede tener la suerte de disfrutar de ella y de tener unos abuelos que conecten contigo. Yo no tuve la suerte de tener ese nexo ya que sólo conocí a dos de ellos, uno paterno y otro materno que el primero de ellos se encontraba enfermo y sentado en un sillón, y el segundo  vivía en un pueblo lejano de mi colonia y al que sólo veía cada cinco o seis meses, cuando venía a la casa de mis padres para ver a mis hermanos y a mí por cortos espacios de tiempo.

 

De mis abuelos no recibí ningún recuerdo personal ni fotográfico porque fallecieron en mi corta edad de la niñez, por ello nunca pude conocer ese sentimiento tan fuerte como el que yo tengo con mis propios nietos.

Es un tesoro hermoso y precioso de aquél que ha tenido la suerte de haber conocido a sus cuatro abuelos, haber recibido de ellos ese calor vivo de cariño hacia su persona, de que te hayan llevado al colegio tomado de sus manos como yo he hecho con mis seis nietos.

No he sabido lo que es dar un paseo por la plaza agarrado de la mano de un abuelo y que me diera consejos útiles de la vida y sus prejuicios para que jamás pudiera olvidar.

Cuántas cosas bonitas no he podido disfrutar de mis abuelos, esas sonrisas llenas de amor hacia mi persona, esos caramelos que nunca conseguí, y lo que más añoré fueron esos besos llenos de cariño, sabiduría y amor que de ellos pudieran haber recibido para alegría de mi corazón.

Los abuelos somos abuelos para siempre, somos libros vivientes para enseñar a nuestros nietos. Los abuelos también fueron niños y hoy somos esos seres tan especiales donde en muchas ocasiones buscan refugio los nietos. Es importante sostener una comunicación fluida con los abuelos ya que ellos siempre dejan huella en la vida.

 María Alicia Ruppel reside en cercanías de Bahía Blanca. Envió esta reflexión para ser publicada de manera exclusiva en Periódico Cultural Hilando recuerdos, del cual es suscriptora y ferviente lectora desde el mismo momento en que el periódico nació.

Tesoros que nos legaron nuestros antepasados

El mantel de la abuela

Colaboración de Ana Margarita Schechtel

¡Qué agradable es recibir visitas! ¿No? Uno se prepara para pasarla bien y se dispone a ser el mejor de los anfitriones. Todo reluce y la mesa está impecable, hasta colocamos ese mantel, que fue pasando por todas las mujeres de la familia como una tradición, a medida que se casaban. Su blancura es incomparable y sus bordados a mano nos recuerdan la laboriosa tarea de las mujeres de otras épocas, donde bordaban todo lo que encontraban a su paso, algo que hoy es prácticamente imposible.

El pensar en ello nos dibuja una sonrisa en la cara, mientras nos imaginamos con el más chiquito a upa, terminando de cocinar algo rápido, porque en unos minutos tenemos una reunión de trabajo, atendiendo el celular que no para de sonar y de paso vamos acomodando todo lo que encontramos desordenado... ¿Sabría nuestra architatarabuela en manos de quién iba a quedar ese mantel? ¿Se imaginaría el rol que desempeña hoy el sexo "débil"?

Todo muy lindo, pero un timbre nos hace volver a la realidad. Besos, abrazos y alegrías. Pasen, siéntense, qué quieren tomar, vamos a la mesa, por favor siéntanse en su casa, son palabras que inevitablemente surgirán de un momento a otro. Todo parece ideal hasta que alguien vuelca la copa de vino tinto sobre "el mantel" y para colmo de males a otro alguien se le ocurre decir jocosamente, las típicas palabras: ¡¡¡Alegría, alegría!!! ¿Cuál es la alegría? pensamos nosotros. Pero, con nuestra mejor sonrisa y una impecable actuación, que dejaría a más de una actriz de primera línea, con la boca abierta, decimos: No se preocupen... es simplemente un mantel... réstenle importancia al asunto...

Sin duda alguna, por dentro los queremos matar y en ese mismo instante evaluamos que seguramente el bellísimo, histórico y tradicional mantel, estará presente en muchísimas menos ocasiones de las que seguramente pensarían nuestros antepasados.

Ana María Schechtel vive en la Capital Federal. Es suscriptora de Periódico Cultural Hilando recuerdos, a través del cual, mes a mes, llena su alma –según confesó cuando nos visitó en la redacción- de dulces remembras e inolvidables recuerdos. Estas remembras y recuerdos la llevaron a publicar este bello relato.

Juegos para niños de antaño

 El triángulo

 El triángulo es una variante en el juego de las bolitas. Para jugarlo se dibuja en el suelo un triángulo equilátero de unos 30 cm. aproximadamente. Se coloca una bolita por participante en cada extremo del triángulo (si son más de tres participantes, las bolitas se colocan en cualquier punto del lado del triángulo). Posteriormente, los jugadores se sitúan a varios metros del triángulo y tiran cada uno una bolita, el que quede más cerca empieza, el siguiente más cercano será el segundo… de esta forma se establece el orden de tiro en la partida.

 El objetivo del juego es realizar un tiro de precisión (a uñeta: colocando la bolita entre el dedo índice y pulgar), para conseguir sacar la mayor cantidad de bolitas del triángulo. Cada bolita que saca le pertenece al jugar que logró retirarla. Pero si yerra, pierde la ocasión de continuar tirando y cederá la oportunidad al jugador que le sigue en orden. Su situación se complica aún más si su bolita queda dentro del triángulo, ya que no podrá seguir jugando y otro jugador podrá sacar la bolita y quedársela como trofeo. El juego acaba cuando las bolitas dentro del triángulo han sido sacadas por los jugadores.

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Lecturas que leían los abuelos en la escuela primaria

 Las ranas pidiendo rey

Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les enviara un rey.

Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a su charca.

Espantadas las ranas por el ruido que hizo el  leño al caer, se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.

Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.

Indignado, Zeus, les mandó una activa serpiente de agua que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.

 

Moraleja: A la hora de elegir los gobernantes, es mejor escoger a uno sencillo y honesto, en vez de a uno muy emprendedor pero malvado o corrupto.

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Para pensar

¡Corre, corre, que te alcanza

el show de la adivinanza!

 

De negro y en procesión
adivina quiénes son.
                                                         (Las hormigas)

 

Una pata con dos pies,
¿es cosa que puede ser?
                                                             (La pata)

 

En alto vive, en alto mora,
en alto teje, la tejedora.
                                                           (La araña)

 

En un monte muy espeso
anda un animal sin hueso.
                                                            (El piojo)

 

¿Qué bicho dirás que es,
que es algo y nada a la vez?
                                                             (El pez)

 

¿Cuál es el animal 
que siempre llega al final?
                                                            (El delfín)

 

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¡Aquellos lejanos y bellos tiempos en que la gente de Pueblo Santa Trinidad bailaba al compás de la música de Evaristo Paul y José Gertner! (Gentileza de María Ester de Paul).

 

Recuerdo del enlace matrimonial de los esposos Teresa Schulmeister y Carlitos Paul. Junto a ellos están: Ángel Celestino Paul, María Ester Mayer y Evaristo Paul (Gentileza María Ester de Paul).

 

¡Parece que fue ayer cuando se celebraron los cincuenta años de casados de los esposos Ana Mayer y Juan Müller! Los acompañaron María Ester Mayer, Evaristo, Ángel, Celestino, José y Albino Paul (Gentileza María Ester de Paul).

 

Celebración de las bodas de oro de los esposos Magdalena Laud y Nicolás Mayer. Compartieron tan feliz momento: Ana de Müller y María Ester Mayer (Gentileza María Ester de Paul).

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Anécdotas inéditas que sucedieron en las colonias I

El inspector de tránsito

Colaboración de Anselmo Detzel

En una de las colonias alemanas del Volga de la Argentina, un inspector de tránsito llegado de la ciudad, que gozaba haciendo alarde de su autoridad, detuvo a un joven conductor que iba a gran velocidad por la calle principal.

El joven empezó a protestar:

-Pero inspector, déjeme que le explique: Yo...

-¡Silencio! Lo voy a detener hasta que me pueda comunicar con mi jefe o en todo caso con el delegado municipal –y diciendo esto llamó a un agente de policía.

El muchacho insistía:

-Pero inspector, escúcheme, tengo prisa...

El inspector replicó:

-Cállese ahora mismo... ¡A la cárcel!

Varias horas después, el guardia del destacamento policial donde estaba demorado el joven y el inspector de tránsito fueron a ver al detenido y le dijeron riendo, en un acto de abuso de autoridad:

-Ha tenido usted suerte, jovencito. Mi jefe asiste a la boda de su hija, cuando regrese estará de buen humor y seguro que lo perdona.

-No este tan seguro -replicó el joven-. Yo soy el novio.

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Anécdotas inéditas que sucedieron en las colonias II

Avivadas de los propietarios de comercios de ramos generales

Colaboración de Andrés Gottfried

Don Agustín trabajaba de sol a sol en el puesto de una estancia que se encontraba a unas veinte leguas de las colonias, donde apenas si ganaba lo suficiente para vivir. Así y todo se decidió, luego de mucho pensarlo, a comprar a plazos una cuna que le resultó indispensable cuando su mujer le dio el primer hijo.

Y un buen día, transcurrido ya bastante tiempo de haber abonado la primera cuota, y satisfecho del paso que iba a dar, desmontó frente al negocio de Ramos Generales de la colonia, que vendía de todo, en un cambalache de objetos que entre los que se podía ver, entre muchos otros, escobas, alambre, peines, ropa y hasta cosechadoras.

Lo atendió el mismo dueño del negocio, que deseando mostrarse amable le dijo, mientras le devolvía el documento firmado por Don Agustín al sellar el compromiso:

-Muy bien, amigo. Ya sabe que quedamos completamente a sus órdenes. Y… a propósito, su hijito… ¿cómo anda?

-¡Espléndidamente! –contestó Don Agustín-. Se casa el sábado.

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Hoy, desde la distancia de mis sesenta años, comprendo que…

El mejor recuerdo que tengo son mis abuelos

Colaboración de Enrique Wagner

Me contaban historias, me enseñaban cosas, me consolaban cuando mis papas me regañaban, me preparaban ricos platos tradicionales...

Hoy, mirando desde la distancia de mis sesenta años, sé que los abuelos pueden llegar a ser muy listos o muy pesados y repetitivos. Mi abuela era una de esas personas que querían que los demás aprendiéramos a hacer un surco para sembrar papas, que plantemos verduras: que sepamos leer y escribir. Y siempre repetía lo mismo. Día tras día. A uno le parecía algo pesada; pero hoy sé que ella lo decía porque quería que nosotros, los más pequeños de la casa, saliéramos adelante.

Los nietos queríamos aprender de ellos todo lo que se pudiera: sus rezos cuando uno se portaba mal, la cura del empacho... Y por eso, hoy, a mis sesenta años, es a mis abuelos, a quien más recuerdo.

 

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Y se va la casa de…

"…mis queridos abuelos"

Colaboración de Esteban Schmidt

El presente de hoy está hecho, entre otras cosas, de pequeños y gratos recuerdos de instantes pasados. Todo niño tiene infinitas imágenes de otros tiempos y yo como todos mis hermanos y primos guardamos de las colonias los mejores recuerdos. Todos ellos vividos, comidos, dormidos, bailados, festejados y llorados en la casa de nuestros abuelos.

Una casa que se llenaba de alegría en el mes de diciembre, cuando terminaban las clases… Y se llenaba de barullo, de gritos, de corridas. Una cocina que era enorme pero en donde nunca había lugar para pasar, porque mi abuela preparaba infinidad de platos alemanes, rodeada de una familia, la nuestra, de otra familia, la de mis tíos, de otra familia, la de mis tías, en fin: un maravilloso "vivir en familia". En resumen: un gran y hermoso lío.

Hoy pienso en que distinto el tipo de vida que vivieron ellos que llegaron del Volga, de allá lejos en Rusia, con nada, y el tipo de vida que nos dieron después de una existencia de esfuerzos para ser mejores, para hacernos una familia y para conseguir un ideal: “Hacer la América”. Ese esfuerzo no se ve cuando uno es un niño pero que por suerte para todos, o muchos, crecemos.

Y un día mi abuelo, porque la casa quedaba demasiado chica, le dice a mi madre: voy a comprar el terreno de al lado y te voy a hacer una casa para que estés junto a nosotros.

Y después de construida la casa compra el terreno lindante que da al fondo y construye más casas para sus otros hijos.

Y con los años mi abuelo y mi abuela pasan a mejor vida, sucesiones: ¡Esto es mío! ¡Esto es tuyo. Y la casa de mis abuelos queda para dos tías, deciden los dos tíos, sus esposos.

Dos años con un horrible cartel: En Venta. ¡Cómo puede ser! ¿No hay alguna otra mejor alternativa que vender lo que con tanto sacrificio y placer al abuelo le costó construir y mantener? ¿En dónde quedan los recuerdos, los momentos vividos, los gritos del abuelo desde el jardín llamando: “¡Agnes! (por Inés, mi abuela) ¿Qué hace ahí en la pieza que no prepara la comida para los chicos?”. Y la abuela dejaba lo que estaba haciendo en el cuarto y se ponía a cocinar. ¡Y la casa está, ahora, en venta! ¿No hay un corazón, un cachito de sentimiento que los haga recapacitar? No, la casa está. ¡Inventa!

Y un día de septiembre, creo, sacan el cartel porque la casa de mis abuelos se había vendido. Resignación. Realidad ante lo inevitable. Ajustar los sentimientos a Derecho. Lo que no es mío no es mío. Y lo que es mío, jamás, nadie, me lo va a poder sacar, porque lo llevo profundamente grabado en el corazón: mis abuelos, la "casa de las colonias", los veranos en familia, etc. Es sin lugar a dudas lo que hace a un presente feliz, y seguro.

Y un día de verano gente nueva comienza a entrar y salir de la casa. Me acerco para darles la bienvenida a la colonia, para felicitarlos por comprar una casa tan linda, y para invitarlos a tomar mate a casa de mi tía, donde me hospedo ahora cuando regreso en verano, durante mis vacaciones. Si necesitan cualquier cosa: ¡por favor! no duden en llamarme. Cosas básicas de un buen vecino.

Un domingo, desde el jardín, a través del cerco, veo que mi vecino está en la que fue la habitación de mis abuelos tratando de arreglar los enganches de metal de la persiana. Y como no lo logra, decide cambiarlas. Así es como comienza cambiando las ventanas, luego las puertas… y después modifica su interior, transformando totalmente la casa de mis abuelos. Mientras mi corazón se desangra observando como mi pasado va cayendo bajo la piqueta de los albañiles, borrando mi ayer que, gracias a Dios, sobrevive en mi memoria.

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El adiós al hogar

Ver morir una casa

La casa. El hogar. Ladrillos y más ladrillos de adobe. Barro y más barro. Tierra sobre tierra con techo de chapa cubierto de paja vizcachera. El frente blanqueado a la cal. Descarado y añejo por el paso de los años. Lluvias y tempestades. Adioses y olvidos. Personas que la habitaron y se fueron. Cerraron sus puertas. Clausuraron su alma. Enterraron los recuerdos bajo llave. Tras la puerta de madera podrida que apenas se mantiene en su lugar.

A su alrededor, acorralada de yuyos, una maraña de pasto, árboles silvestres… Tristeza y orfandad. Desolación. Sólo los pájaros le dan una nota de color y sonido. Cantan pero su canto es un canto que se pierde en el abismo de la soledad en la que se encuentra la casa.

Hace más de treinta años que sus inquilinos se marcharon. Se fueron sin mirar atrás y sin volver ninguna vez. Está condenada a caer, al derrumbe. Si pensara lo sabría. Pero creo que de alguna manera lo sabe. Por eso se percibe tanto pero tanto desasosiego. Mirarla es mirar una tumba. O un féretro. Un féretro dentro del cual descansan los restos de felicidad que dejó la familia que se fue y jamás volvió.

Cosas de todos los días

El abuelo que quería salir a caminar por la colonia

“No importa. Que me miren, que me vean pasar, que opinen lo que quieran: que soy un viejo chocho, que tiemblo al caminar, que babeo un poco al hablar, que repito varias veces los mismos relatos en un dialogo, que soy hincha, que molesto… En fin, todas esas cosas que piensan los jóvenes de los viejos. Cosas que piensan pero no se atreven a decir. Porque son más sutiles: lo demuestran con gestos apenas perceptibles, murmullos, susurros y sonrisas forzadas…

“Sí, no importa. Que piensen lo que quieran. De todos modos voy a salir a caminar. A recorrer la colonia, a ver la gente que la habita… hace tanto que no salgo que ya ni acuerdo cómo son las personas de mi propio pueblo”.

Reflexiona el anciano mientras se viste, lentamente, titubeando, con torpeza, sentado en la cama. Se pone de pie; se mira en el espejo. Los ochenta años no llegaron solos, piensa. Aunque se siente joven. Fuerte y de mente sana. Aún sirvo, piensa, lástima que mis hijos y mis nueras no piensen lo mismo.

Sale de la habitación, se dirige a la puerta de calle, va a posar la mano sobre el picaporte cuando de súbito alguien lo detiene… Es su nuera. “¿Adónde va, abuelo? No sabe que no puede salir solo a la calle? Es muy peligroso. Puede perderse. O le puede pasar algo”.

El anciano la mira y el universo de planes se le viene encima y lo aplasta. Sabe que no va a poder salir a caminar como planeaba. Está preso en su propia casa. La casa que le dejó en herencia a su hijo.

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Colaboraciones de lectores de Periódico Cultural Hilando recuerdos de todo el país

Recuerdos de niñez

Las notas que transcribimos a continuación son aportes enviados a la redacción de Periódico Cultural Hilando recuerdos de lectores que nacieron en los pueblos alemanes, vivieron su niñez allí, y actualmente residen en diferentes puntos del país. A pesar de que se marcharon hace muchos años, jamás olvidaron su tierra natal, a la que siempre desean volver, y a la que rememoran con afecto, trayendo al presente sus años felices de la infancia.

¿Quién no quiere volver a ser un niño?

Daría todo por volver a la infancia

Colaboración de Juan Pedro Mildenberger

Daría lo que sea por regresar a aquellos años de mi infancia y repetir los juegos y las travesuras que llevamos a cabo en las colonias de antaño, cuando el mundo era y hasta las personas eran otras, más buenas, más nobles, más dulces, como nuestra querida madre, que siempre estaba ahí para socorrernos y brindarnos cariño.

¿Quien no daría lo que sea por volver a ser un niño aunque sea por tan sólo un minuto? Esa época en que no había responsabilidades, tareas ni obligaciones, y en la que la muerte de un ser querido sólo implicaba su desaparición, y nos conformábamos con la explicación de nuestros padres que nos decían: “El abuelo se fue al cielo”.

O esos días en que nos pegábamos un porrazo tremendo y mamá, mirándonos con gesto dulce, nos pedía que no lloráramos... "que no pasaba nada". Y nosotros contentos salíamos enseguida para la calle con nuestro chichón en la frente, chichón que ni sentíamos sólo por el simple hecho de que nuestras madres nos daban un beso "curador".

Y esas tardes de verano, jugando a la escondida, y las veces en que uno se escondió bien, y los otros cansados de buscarnos, terminaban el juego ( y uno esperando cómo un gil arriba del árbol, a 60 metros de altura).

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¡Qué lindos momentos!

La simpleza de vivir para jugar o jugar para vivir

Colaboración de Agustín Lambrecht

Vivimos una niñez diferente en los pueblos alemanas. De eso me di cuenta cuando crecí y mudé a otros lares, lejos de mi querida colonia.

Los fines de semana eran un culto para estar con los amigos en los baldíos de las colonias o sentados en los cordones de las veredas de tierra. Esos domingos que parecían eternos, en los que no había resaca, en los que el día empezaba temprano. Esos domingos en que nos creíamos los niños más felices del mundo porque nuestro equipo de fútbol del cual éramos “fanas” había ganado un campeonato.

Tiempo en el que solamente pensábamos en sumar amigos y restar dificultades. Años de juegos en la escuela. La simpleza de vivir para jugar o jugar para vivir. Así es como me acuerdo cuando una vez me hicieron firmar el "libro de las amonestaciones"; o las veces que volvíamos con el guardapolvo manchado de tinta o gris de tierra, o llegando al extremo, con un ojo negro a casa...

¡Qué lindos momentos!

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Mi adorado bebé de juguete

Muñeca de porcelana

Colaboración deRosa Schneider

Cuando era niña, mi muñeca preferida lo sabía todo de mí y yo todo de ella, era de porcelana. No hablaba ni se movía; pero yo lo hacía por ella. Hasta que un día crecí y la pobre quedó sola, olvidada en un sofá, como un adorno que nadie ve. Un adorno que estoy seguro que piensa y reflexiona sobre la hermosa época que compartimos y que seguramente está llorando su soledad y mi olvido.

Estoy sentada en un sofá. Media olvidada. Mirada frágil de cristal. Vestida de época. Cabello rubio, ondulado. Y nada de goma –parece pensar la muñeca.

Desde mi cárcel veo pasar el tiempo. Y como avanza por un camino pedregoso la vida de los inquilinos. Esos que a veces se detienen a mirarme, pero que nunca se acercan demasiado. Tienen miedo a romperme, porque me he convertido en un objeto. Un objeto de decoración.

Y así es como no saben que tengo dotes para leer las líneas de sus manos, las muecas de sus caras, sus gestos. Ni siquiera saben que puedo leer los trazos dibujados en la arena.

Tampoco saben que sé de sus miedos, de sus vicios, de lo televisivos o cómicos que son. No sabe él que es un esclavo de la belleza, que enseguida se enamora de un taconeo, de una falda corta. No sabe ella que su afición al champán rosado la está deteriorando, ni que envidio su barra de carmín.

Y sigo sentada en el mismo sofá. Media olvidada. Mirada frágil de cristal. Vestida de época. Cabello rubio, ondulado. Y nada de goma.

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Las colonias de mi niñez

Kreppel y travesuras

Colaboración de José Krotter

Siento tanta nostalgia de mi niñez en las colonias. Sobre todo de las tardes de juegos bajo la sombra de una parra, comiendo Kreppel. Mientras entre sonrisas y alegrías compartíamos un universo de fantasía que creábamos a nuestro gusto y antojo.

Recuerdo con cierta nostalgia pasajes de mi niñez vividos en las colonias, cuando fabricaba juguetes de madera para jugar con mis amigos. Todos se hacían sus juguetes: camiones, autos, pistolas, ondas… Éramos tan curiosos que solíamos mirar por las rendijas de las radios, para ver quién estaba cantando. En cierta ocasión desarmé una radio para descubrir dónde estaba la gente, por supuesto la radio no volvió a funcionar más.

Jugábamos a los Koser, al trompo, a la escondida y tantos pero tantos juegos que el tiempo se llevó. También jugábamos con las niñas a la mamá y el papá. Ese juego era el que más me gustaba jugar con las niñas. Era una vida de niños amables y cosas sencillas.

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La tarde en que lloré

El día en que mamá escapó con otro hombre

Colaboración deEustaquio Sauer

Vivir y compartir la elección de una madre que comienza de nuevo su vida no es fácil. Pero de niño uno no entiende de estas cosas. Solamente piensa en ser feliz y compartir el mundo con mamá.

Recuerdo la imagen de mi madre. Yo, sentado en mi mesa haciendo los deberes y, ella, allí a mi lado, siempre con una sonrisa en los labios. Me gustaba regalarle mis dibujos. Yo dibujaba mucho y ella me decía que lo hacía muy bien, que con el color azul me había pasado un poco de la forma que previamente había trazado con el lápiz, que me quería. Y aquel te quiero resonaba en mis oídos durante días.

Un día fue a hablar con mi maestra de sexto grado. Pero no hablaron del azul de mis dibujos. Ni de mí. Hablaron de una unión desafortunada, de cómo mi madre se casó con un hombre en contra de la voluntad de la familia, de cómo huyeron, de las dificultades que tendría que sortear en el futuro.

Mis diez años no me permitieron entender lo que ocurría. Afortunadamente no debía ser nada importante, porque al salir fuimos a una de las tiendas / librerías de las colonias y me compró una caja de colores, y el azul también estaba en ella.

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Desde el alma I

Mi niñez

Colaboración deAna Margarita Rohwein


Recuerdo mi niñez
fastidiando a mi hermano
en su fiesta de cumpleaños,
derramando leche y miel
sobre el nuevo mantel,
escondiendo sus zapatos
en el rincón de los gatos.
Decía él dejate de molestar
pero era mi forma de amar.

Recuerdo mi niñez
muy junto a mi madre,
ensayando sus recetas
que decía eran secretas,
bordando golondrinas
en sus viejas cortinas,
estudiando geografía
en su tierna compañía,
mirándome siempre al espejo
pues yo era su reflejo.

Recuerdo mi niñez
abrazando a mi padre,
llenándolo de besos
en todos sus regresos,
colgada de su cuello
como un ángel bello,
escuchando sus teoremas
sobre diversos temas,
prometiéndome ir a París
si deseaba ser actriz.

Tenía un mar azul
y un castillo de arena
un puerto de algas doradas
y una ensenada de caracolas
para refugiarme de las olas.

Tenía un tesoro
en mis días de oro,
mi pequeña verdad
en aquella edad.
Mi niñez, que
perdí en realidad,
cuando pinté mis
labios por primera vez.


Fotografías de Pueblo San José

Capítulo XC

 

¡Qué lindos e inolvidables aquellos lejanos tiempos de amistad! José y Leonardo Leonhardt, Miguel Frank, Rafael Schwab y Víctor Heffner (Gentileza de Catalina Leonhardt).

 

Los hermanos Feliciano, Mario, Alfonso, Elena y Catalina Leonhardt, en un momento de enorme felicidad vivido cuando compartieron una reunión familiar llevada a cabo hace algunos años (Gentileza de Catalina Leonhardt).

 

Enlace matrimonial de los esposos Catalina Leonhardt y Pedro Irineo Wesner. Padrinos: Inés Wesner y Feliciano Leonhardt (Gentileza de Catalina Leonhardt).